Zeromski

Zeromski

Hace unos seis meses, la Maga de Cortázar me regaló un libro de Zeromski. No dijo nada más que: “Lee esto”. Lo dejé descansar en un rincón hasta que, seis meses después, me animé. Y quedé maravillado.

Ayer la vi y le recordé aquel regalo. Al principio no sabía de qué hablaba, pero de pronto los ojos se le iluminaron.

—¡Sí! El libro de las casas de vidrio en Polonia. Lo recuerdo. Cuando se escribió, éramos un país triste, pobre, campesino. El autor se burlaba de nosotros, imaginaba que un loco soñaba con casas de cristal, una metáfora, un delirio de dejar de ser el patio trasero de Rusia. ¿Sabes qué es lo hermoso? Que ahora, más de cien años después, en cualquier esquina de Polonia hay casas de cristal. Y no hablamos ni alemán, ni ruso, ni yiddish, sino polaco. ¡Lo logramos! —

Claramente arruiné el momento, le dije que el libro me había parecido muy antisemita. Que la barbarie de la Segunda Guerra Mundial no había sido solo alemana. Por suerte, no me escuchó. Sus ojos, humedecidos, estaban lejos, en blanco y rojo.

Sentí envidia. El único libro que me hace sentir boliviano es “Pueblo enfermo”; el único que me hace sentir francés es “Una temporada en el infierno”. Pensé en lo extraño que un libro pueda darle a alguien toda una patria.

A veces me acuerdo de otro libro, uno que me pide no comer chanchos, no acostarme con un hombre, no desear a la esposa de mi amigo, no mirar atrás para no convertirme en sal, hacer que mi dieta sea pan y vino. Pero a la Maga de Cortázar nada de eso le importa.

Ella sigue llorando, en silencio, por esos dos colores: biały i czerwony.

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