Una Bolivia parisina

Una Bolivia parisina

Mi hermano, que vive en París, me dijo que dos veces le aparecieron noticias bolivianas en la televisión local. La primera era de un juez que leía sentencias judiciales en hojas de coca y la segunda de una niña que había ganado una competición de ajedrez. En el primer caso sintió ofensa y, en el segundo, orgullo; después de unos minutos se dió cuenta que él no conocía a esas personas y que no tenía porqué sentir nada por ellos. “¿Quién será ese señor o esa chiquita? Nunca los he visto en mi vida, no sé ni de qué ciudad son”.

Y claro, me dejó pensando. Desde que tengo uso de razón, Bolivia siempre ha estado en los últimos puestos de los indicadores de todo. Ya se hable de economía, de política, de corrupción, de narcotráfico, de educación o de cualquier cosa, siempre estamos al final en las tablas comparativas de países. Ni una sola medalla olímpica, nunca un Oscar, ni pensar en un premio Nobel, ninguna guerra vencida. A veces parece que el único logro es haber clasificado a un mundial de fútbol para no ganar ni un partido.

Entonces, cuando veo a compatriotas hacer paralelismos con otros países, diciendo que tenemos que esforzarnos para salir adelante; lo único que se me ocurre es que tenemos que aceptar el hecho de que simplemente no servimos como país.

Siempre fui de la idea de que si te va mal en algo, durante un tiempo suficientemente largo, lo mejor es dejarlo atrás y hacer otra cosa antes de morir dejando un legado de fracaso. Entonces si a Bolivia le va tan mal como país, capaz debería convertirse en otra cosa, en una nueva entidad con otra idea de gobierno, de educación, de libertad y justicia. Mejor aún y más fácil, que se convierta oficialmente en tierra de nadie; es decir, libertad al máximo nivel, donde todos somos nadie y la tierra es nuestra.

Igual, me acordé de una chica española, que en un evento social, después de preguntarme de donde vengo, me dijo con un tono sospechoso: “el boliviano es un tipo honrado y trabajador”. No pude evitar responderle provocativamente, “¿te acuerdas del nombre de ese tipo?”.

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