Una abuela en el comunismo

La abuela de Rocamadour es una mujer que se ganó la jubilación a puro esfuerzo. Nacida en el comunismo, conoció las ventajas del feminismo; sabía que su aporte a la sociedad tenía que ser real.
Mientras en Occidente se alababan las comodidades de ser una ama de casa ideal, en Europa del Este todas las personas, sin importar su sexo, marcaban tarjeta. Ella descuidó a su familia para destacar en el régimen y, ahora que la cortina de hierro está llena de huecos oxidados, puede ver qué capaz fue un error.
Con sus ahorros de toda la vida, se compró la tele más grande de la tienda. Lo sé, pues ayer en la noche nos quedamos viendo su novela favorita mientras comíamos la delicia más grande de este país: pescado crudo nadando en aceite encebollado.
No pude disfrutar nada del programa porque cada tres minutos aparecía una propaganda. —¡Pero qué manera de vender medicamentos en este país!— dije al ver la quinta publicidad médica.
—Desde que somos occidentales, la tele vende magia en pastillas. Puedes ir a la farmacia y comprar algo para enflaquecer, engordar, ser feliz, ser joven, ser sexy, para dormir más, dormir menos, para que no te duela la espalda, la rodilla, la panza o el alma.— dijo y se quedó muda, pues volvía la novela.
Cuando se acabó el pescado fui a su cocina a ver si había algo más. Pillé tres pastillas, dos amarillas y una roja. Me las tragué sin agua, a ver cómo despierto mañana. Capaz gordo y feliz, o musculoso y sin canas, capaz despierto igual y no me doy cuenta.













