Un planeta sin monos

Un planeta sin monos

Escuche decir que la mayor invención del ser humano no es Dios, sino el concepto de hombre, de humanidad. Es decir, negamos casi por completo la idea de que somos nada más que una casta avanzada de monos en un planeta menor, como se despedía Stephen Hawking.

Es por esa necesidad de diferenciarnos de la naturaleza que los insultos más básicos en cualquier idioma se refieren a lo animal. “No seas chancha”, “que puerco eres”, “es una zorra”, “es un burro” y una larga lista. Es más, son contados los animales que se salvan, inclusive los más nobles, como cuando alguien apurado recibe él grito de “¡no sea caballo!”. Hay algunos que no tienen ni siquiera sentido, como “es medio pavo” o “¡qué inocente palomita!”. Incluso en nuestras religiones y creencias les negamos el acceso, por eso suena tan ridículo un “cielo de los perros”.

Entonces, considero que la obra del francés Pierre Boulle, “El planeta de los simios”, debería estar en lo más alto de las tesis filosóficas universales. Por primera vez en la literatura se le dio vuelta a la tortilla, son los seres humanos los bestias, los cazados, los animales. Aunque pensándolo bien tampoco fue muy profundo en su análisis. Finalmente los simios, en su fantasía, se comportan igual que los humanos en la realidad. Fue solo una inversión de roles, una forma de decir que somos tan bestias como las bestias.

Hoy desperté pensando en una cosa. ¿Qué tal si ese caluroso día en Jerusalén, el mesías era el burro y no ese señor barbudo que iba encima?

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