Stonehenge

Stonehenge

Supongo que fue en alguna revista, o en una enciclopedia; tal vez en un libro de texto, o quizás en un comentario de alguna persona adulta. Pero desde chico, juraba que Stonehenge era el primer intento humano de comunicarse con lo sobrenatural.

Hoy, parado frente a este montón de piedras gigantescas en medio de la nada, siento que lo sobrenatural ya no existe. Mi cabeza —y mi vejez— me regalan tres respuestas muy simples para explicar cualquier lugar misterioso de la antigüedad: seguro servía para enterrar muertos, para que los astrónomos se entretuvieran contando eclipses, o para que los sacerdotes sacrificaran vírgenes y toros.

Sí, es cierto. El sentido común me dice que la verdad debe estar en alguna combinación de esas tres ideas. Pero no. Justo ahora pienso en una posibilidad aún más interesante: capaz lo construyeron porque no tenían nada mejor que hacer.

Seguro que, después de algún festejo, a una persona (un poco chiflada) se le ocurrió decorar el aburrido campo inglés con piedras enormes, y sus eufóricas amistades se sumaron a la tarea, encantadas de participar en algo tan inútil como precioso.

Para no dejar la idea flotando en el éter, se la comparto a una señora nórdica que está al lado mío.

—Me gusta pensar que nada —mucho menos un templo legendario— sea tan ceremonioso ni importante. Capaz la existencia es más simple de lo que parece, y nos obligamos a maravillarnos con estas pavadas. ¿No es acaso el olor del pan recién horneado, una entrada directa al paraíso? —digo, con entusiasmo.

—No hablo español —me responde, mientras masca una manzana.

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