Problemas educativos

Problemas educativos

Creo que fue en séptimo grado de primaria cuando conocí a Isabel Mendoza, la mejor profesora de literatura que la ciudad de Oruro tuvo. La señora tenía un dominio total de la lengua española; no se le escapaba ni una coma, ni un acento, ni nada. Era una guardiana absoluta del idioma.

Ella no enseñaba la letra con sangre, pero sí con palo. Nadie se libraba de un golpe con una tiza, una regla o un cocacho si lo merecía. Una mañana, en la que todos en la ciudad parecían estar de mal humor; se notaba que nada les salía bien. Isabel, refunfuñando, tomó la lista de los alumnos y luego pidió los resúmenes del libro "Corazón" de Edmundo de Amicis.

Cuando nuestra compañera, Mayra Rodríguez, le dijo que no lo había traído, todos nos quedamos pálidos, pues sabíamos que presenciaríamos alguna forma de violencia pedagógica. Sin embargo, Isabel le dio una oportunidad y le preguntó la razón de la falta. —Es que en mi casa tuvimos problemas durante el fin de semana— fue la tímida respuesta.

—¿Problemas? ¡Todos tenemos problemas! ¡Este mundo está lleno de ellos! ¿Quieres saber cómo soluciono mis problemas? Me pongo a lavar ropa con agua fría, hasta que mis manos se partan de dolor. Pero me encanta, porque así me siento viva, así me doy cuenta de que los problemas no existen. Ustedes son de una generación de mimos y abrazos, nunca van a entender lo que son los problemas de verdad— dijo, y sorprendentemente no le dio un golpe.

Creo que esa fue la primera vez que recibí un balde frío de realidad familiar. Me llevó años darme cuenta de que la maestra y la alumna eran la misma persona. A veces, por gusto, lavo una polera o unos calcetines con agua fría en el grifo de mi baño y me gusta imaginar que eventualmente sus vidas tuvieron finales felices, tal y como ocurre en el libro de Edmundo de Amicis.

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