Las cuevas francesas

Hace veinte mil años, una comunidad de artistas se dispuso a decorar los muros de unas cavernas en Lascaux con piezas de arte increíblemente delicadas. Las pinturas logran un minimalismo muy eficaz: representan su entorno con apenas algunos trazos y una paleta de colores muy reducida.
Igual de fascinante es la historia de su descubrimiento moderno. Unos chicos, en los años 40, que paseaban por la campiña francesa, se metieron por un hueco que dejó un árbol caído. Al descubrir las maravillosas cavernas, se prometieron no divulgar el secreto. La promesa duró tres días.
Luego llegaron profesoras, científicos y artistas de todo el mundo. Los turistas no tardaron en multiplicarse hasta que, en los años 60, las cavernas comenzaron a deteriorarse y la única solución fue cerrarlas definitivamente.
Para saciar las ansias de los visitantes se construyó "Lascaux 2", una réplica exacta de la mitad de las cavernas. Luego vinieron "Lascaux 3" y, hace poco, "Lascaux 4", que es la copia más completa y milimétricamente coincidente con la original. Pese a ser réplicas, la experiencia sigue siendo totalmente inmersiva y transporta rápidamente al pasado del pasado.
En uno de los trabajos —quizás el más particular— se ve a un caballo al revés. En esa pintura están impregnadas el alma del caballo y la de la artista; se puede incluso sentir el alma de todas las personas que han visto la obra. Pasarán otros miles y miles de años, y el alma de ese caballo seguirá ahí, al revés, como dándole una zancadilla al constante y agotador paso del tiempo.













