Laika

Juraba que lo peor de ser viejo era mear cada cinco minutos, hasta que mi hijo mayor trajo a un perro de no sé dónde. Se llama “Laika”, como ese pobre animal que los rusos sacrificaron en el espacio, aunque para mí es solo “perro”.
Pese a que soy sordo, igual puedo escuchar cómo el condenado ladra por todo y por nada. Lo peor es que hay que sacarlo a pasear dos veces al día y el perla de mi hijo nunca tiene tiempo. Así que si quiero evitar un mar de cacas en mi living, soy yo quien se encarga.
"Cuando era chica, los perros cuidaban la casa, ahora hay que cuidar a los perros", decía la santa de mi madre y tenía razón.
Mi hijo ha conseguido una beca para estudiar en Alemania. Dice que va a dejar al perro y lo mandará a una escuela para que aprenda a ser menos bullicioso y ladre menos. “Le van a enseñar buenos modales, viejo", me dice mientras se caga de risa. "Seguro sale más educado que vos", le respondo y nos fundimos en un abrazo.
Ya son tres largos años y Alemania me parece cada vez más lejana, lo peor de seguir aquí es este perro de mierda. Nunca aprendió a no ladrar, todo el rato tengo que limpiar sus necesidades, pero lo peor es que creo que me comencé a encariñar.













