La sal de la tierra

La sal de la tierra

Nadie sabe muy bien por qué Gavrilo se quedó parado en esa esquina. El plan ya se había hecho pedazos y sus secuaces habían escapado con temor.

Gavrilo, sin embargo, seguía ahí, esperando pacientemente en aquella esquina de Sarajevo. Quizás fue un sentido de responsabilidad por cumplir la misión, quizás simple terquedad. Algunos se animan a decir que fue su avanzada tuberculosis la que le dio valor. Después de todo, quien sabe que la muerte se acerca no tiene ya nada que temer de este lado.

Lo cierto es que, cuando vio al duque de frente, no le tembló la mano y actuó. Los dos disparos fueron letales, y Gavrilo fue detenido en el acto. En el juicio posterior declaró ser nacionalista y haber actuado con justa razón frente al Imperio. Gracias a su juventud se salvó de la pena capital y pasó el resto de su corta vida en prisión.

El sonido de esos disparos es considerado el detonante de la realidad política actual. Son el punto de partida de la gran guerra, de la guerra caliente y de la fría, hasta de la actual guerra arancelaria.

En prisión, un psicólogo logró entrevistar a Gavrilo y le preguntó si sentía culpa por haber iniciado semejante conflicto. Después de muchos segundos de silencio, y en un ataque de racionalidad extrema, Gavrilo respondió que todo habría sucedido de la misma forma con o sin él.

—Nadie es sal en la tierra —murmuró al cielo, antes de morirse de tos.

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