La realidad de Fridman

El ruso Aleksandr Fridman se dio cuenta de que el universo es muy grande (demasiado grande), pero no infinito. Así como este planeta tiene la forma de una esfera, él decía que toda la realidad estaba condensada en una similar, solo que por dentro.
En otras palabras, todo lo que existe está encerrado en una especie de pelota. No hay bordes ni límites, y se puede dar vueltas sin parar (como un roedor en su ruedita).
No sé si en tono de burla, pero Aleksandr también comentaba que el universo es tan, pero tan grande, que es muy fácil imaginar que sus elementos no tienen una, sino varias réplicas (casi idénticas). Imaginaba que existen varios sistemas solares como el nuestro, solo que con los planetas ordenados de otra forma. Imaginaba planetas terrestres en los que los días duran cinco o cincuenta horas; donde los árboles son flores y las flores son pasto; donde las vacas ordeñan a la gente y los ratones corretean a los gatos.
Lugares tan mágicos (para nosotros) que tienen dos o tres soles y cuatrocientas lunas; lugares (Sabato dixit) donde las misas no se dan en latín sino en español mexicano, que es más lindo. Lugares donde el color de los dientes es más importante que el color de la piel. Planetas en los que los taxistas cobran un precio justo a los turistas despistados; donde ya no existen sistemas de gobierno ni escuelas, porque todos nacen sabiendo qué hacer.
En fin, lugares alternativos donde todo parece lo mismo, pero diferente. —Como un espejo sucio que refleja cosas limpias—, pensaba el ruso Aleksandr Fridman mientras se lavaba la cara en su departamento de San Petersburgo.











