La pasankalla de los días

La pasankalla de los días

Recuerdo vívidamente la primera vez que me encontré frente a este manjar. Era en Uyuni, una viajera trajo a la casa de mi abuela una bolsa nylon llena de maíz inflado endulzado. Comenzó el debate por el nombre, algunas decían “pasankalla”, otras “pochoclo” e incluso una se animó a decir “maná”. Este último nombre era el más interesante por la explicación, decía que este maíz era tan adictivo y delicioso que se asemejaba al alimento que Dios había prometido al pueblo de Moises, y efectivamente fue así, la bolsa entera duró tan solo algunos minutos.

Un tiempo después, y luego de un atolondrado viaje, llegamos a Copacabana. Mis ojos se desesperaban al ver esa esquina de la plaza principal, llena de montañas y montañas de pasankallas con señoras empolleradas en la cima, como diosas que custodiaban sus tesoros. Comí tanto que me dolía la panza, y en ese dolor solo pensaba en comer más y más, era definitivamente un adicto. Adquirí el poder boliviano de adivinar el sabor con solo verlas, sabía perfectamente cuales eran dulces, suaves o chiclosas.

Muchísimo tiempo después, cuando estaba en Bruselas, la señora Claudia me invitó a su casa a comer chicharrón. Recuerdo a su marido, un belga de piel anaranjada tirando a roja, que resaltaba porque vivía con la mitad de la camisa desabotonada y una enorme cadena de oro que dormía sobre una maleza de pelo rubio en su pecho. Recuerdo que de postre, Claudia puso en la mesa unos platitos japoneses con diez pasankallas para cada uno. Me quedé pensando un buen rato en si comer con mis manos o con el tenedor, tanto que Claudia se puso incómoda y dijo “metele nomas”. Después de que le conté de mi adicción, me regaló una pequeña bolsita que hice durar casi un mes; en este continente no se encuentran esos manjares asi nomas.

La anterior semana mis papás me trajeron una bolsa gigantesca y ya solo queda una pasankalla. He guardado mi favorita, una grande, muy blanca y sin ese germen durito. Ahora estoy frente a ella, la voy a comer con los ojos cerrados, será un viaje directo a Uyuni, a Copacabana y a Bruselas donde pienso pedirle a ese señor que se abotone la camisa por favor.

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