La francesa de Ispra

La francesa de Ispra

Cuando vivía en Ispra, experimentaba algo extraño. Cada vez que caminaba con tristeza en el alma por esas calles sin acera, se me aparecía una viejita que hablaba en el francés más perfecto que existe. De hecho, sufría al responderle, ya que siempre corregía mis vulgaridades, mi pronunciación y mis horribles conjugaciones.

Es una señora bastante educada que más de una vez me regala anécdotas de su infancia, de su matrimonio y de las ingratas hijas que nunca la visitan. Además, conoce toda la historia del pueblo, se sabe de memoria los apellidos de las grandes y pequeñas familias, los negocios que abren y cierran, y ha visto crecer a cuatro o cinco generaciones. A veces habla por horas, ni siquiera se inmuta cuando tengo que irme; creo que me manipula emocionalmente para librarse de su soledad, pero no sufro tanto; es hermoso el oficio de escuchar historias.

El pasado fin de semana, al regresar a casa, se me apareció de nuevo. Esta vez estaba realmente demacrada, como si en un año hubiera envejecido veinte. Me contó que había tenido un derrame cerebral y que, al recobrar la conciencia, estuvo un día entero en el suelo de su casa sin poder moverse. Los médicos la llenaron de pastillas y tratamientos, y ahora esta en reeducación física y mental, pero confiesa que todas esas cosas solo alargan la agonía. —La vida se me hizo tan larga y la muerte no tomará ni un segundo— decía con un tono amargo.

Al despedirnos, nos dimos un abrazo fraterno, quizás el último. Después de dar unos pasos, me di cuenta de que nunca supe su nombre, ni ella el mío. Creo que es mejor así; quizás, si algún día la nombro, todo dejará de ser real.

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