Julia de Grenoble

Julie debe ser la chica más despierta de todo Grenoble. Hablar con cualquier persona francesa en la región es una de las actividades más aburridas que existen; parecen programadas para ser amables y verse bien, como si la hipocresía fuera un valor aquí.
Por suerte, me tocó conocer a la excepción de la regla. Ella puede convertir cualquier nimiedad en un tema filosófico. –Qué raro que sigamos llamando juegos a lo que en realidad es una competición. En un juego, todas las personas deberían divertirse; sin embargo, nos fascina catalogar a los ganadores como héroes y a los perdedores como lo peor que puede existir. Hasta parece que no participar es mejor que perder–, dijo, y creo que se refería al ambiente olímpico que se vive en tierras galas.
Le comenté que, como fanático del fútbol, no hay nada más lindo que ver a tu equipo ganar y al enemigo perder; quizá sea un sentimiento primitivo, pero no por ello inválido. –No podemos borrar tan rápidamente milenios de garrotazos en las cavernas–, fue mi humilde defensa.
–Igual no entiendo sus premios. ¿El oro es mejor que la plata y el bronce? Piénsalo bien, es como decir que la mantequilla es mejor que la mermelada o la crema. Son comparaciones tontas, las competiciones son tontas. La mujer que le pega mejor a una pelota con una raqueta, un hombre que corre rápido. Es como si los monos discutieran por lanzar una piedra más lejos o si las ranas analizaran quién salta más alto–, continuó, y me dejó mudo.
Cuando alguien da cátedra, no queda más que el silencio. Volví a casa y me puse a ver la final del mundial en el Estadio Azteca. Fue bastante aburrida como experiencia; creo que ahora odio un poco a Julie.













