El tren de Khiva

El tren de Khiva

El avión se atrasó tanto que aterrizamos de madrugada y ya no tenía sentido buscar un lugar para dormir. Tras una serie de peripecias (con militares gruñones y taxistas rateros) llegué a Khiva, la ciudadela más hermosa de estas tierras. Sus mausoleos, mezquitas y palacios permanecen en perfecto estado de conservación, y la lejanía del lugar hace que el tiempo parezca congelado.

Era tan temprano que todo estaba desierto. En las callecitas aparecían algunos gatos durmiendo y, de vez en cuando, una señora que barría con unas escobas tan grandes como rústicas. Aproveché la soledad para entrar en cada puerta abierta y trepar todas las torres posibles. De repente vi un grupo de coreanos correr hacia un comedor, luego aparecieron familias rusas. El lugar despertaba y decidí escapar antes de que la fantasía fuera tragada por la realidad.

Tomé un tren hacia el este que, para mi fortuna, no tenía asientos sino camas. Mi vagón estaba lleno de ancianos y madres con niños; yo era el único extranjero. El calor se volvió insoportable, los niños lloraban mientras sus madres los abanicaban o les mojaban la cabeza. Un hombre abrió la ventana y, durante veinte minutos, respiramos polvo ardiente.

Me propuse dormir, y al despertar estaba bañado en sudor y aturdido. Intenté orientarme mirando por la ventana, pero todo estaba oscuro. —Otkuda ty?— preguntó una de las madres. —Bolivia— respondí, y los murmullos del vagón —“Bulibia, Volibay, Buliva, Bol'ivya”— me arrullaron de nuevo.

Cuando desperté otra vez ya hacía más fresco. Todos cenaban y el ambiente estaba impregnado de aromas de la región. Para calmar el hambre saqué unas galletitas y, por compasión, me invitaron a acompañarles. Apenas pudimos conversar, pero las sonrisas y las manos en el corazón lo decían todo. Me dieron té, mortadela y pan; quise darles unas manillas, pero no aceptaron nada.

El tren se detuvo antes de llegar: nos bajaron a dos kilómetros de la estación y caminamos en la oscuridad. Nunca entendí cómo esas madres podían cargar (sin lamento alguno) a dos o tres niños y cuatro maletas cada una. Mi cuerpo estalló de alegría al ver un letrero que decía “Hotel”. Creo que dormí tres o cuatro días seguidos. Al despertar estaba otra vez en el vagón, respondiendo “Bolivia” y comiendo mortadela. Era normal, me había quedado atrapado en un ciclo infinito de emociones y nostalgia.

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