El tren de Escocia

Una de las primeras fronteras que crucé en mi infancia fue la de Argentina, camino a Buenos Aires. Viajábamos en autobús, y en aquellas épocas el trayecto tomaba dos o tres días. En el camino, nos detuvimos en una estación policial en Córdoba, donde revisaron nuestros documentos.
Recuerdo muy bien ese instante porque, por primera vez, vi a una persona que hablaba español y no le entendí ni una sola palabra. Los policías daban órdenes, pero para mí todo era ruido; creo que reconocí un par de vocales y, con suerte, tres consonantes. El resto eran sonidos extraños. Obviamente, el instinto va más allá, y logré comprenderlos gracias a sus gestos y al tono de su acento.
Muchísimos años después, me sucedió exactamente lo mismo en Escocia. Me parecía que hablaban inglés, pero con otro alfabeto, o tal vez era un idioma distinto que se le parecía. En todo caso, entendían cuando les sonreía, levantaba la mano o decía “yes, yes, yes”.
Ahí, sentado frente al lago que resguarda al monstruo que todos conocen y nadie ha visto, me puse a pensar en lo frágil del lenguaje, en lo hermoso del paisaje, en que Escocia es un lugar para inspirarse, pero, sobre todo, en cuánto voy a extrañar este lugar.













