El trabajo voluntario

El trabajo voluntario

—Imagínate a una viejita en un día horrible, lluvioso, gris, frío, no sé, todo lo horrible que te puedas imaginar. Ella está volviendo a su casa y ve a un niño de la calle, en la puerta de un restaurante, comiendo los restos de pollo que quedaron del almuerzo.
La viejita se conmueve, siente compasión, llora por dentro, sufre, piensa en todos los días en los que no supo agradecer lo que tenía. Al mismo tiempo, el niño piensa: “¡Carajo! ¡Qué rico pollo!”. Ella sufre y él disfruta, ella nunca más va a poder comer un pollo en paz, mientras que él lo hace en ese instante.
Eso es la compasión, es el sufrimiento por tener lo que otros no tienen; es decir, un disparate total. La vieja se siente bien porque se siente mal. Al niño no le importa nada más que el pollo, el niño acaba de comerse la felicidad, huesos y todo—

Cuando me callé, el tío de Rocamadour contó que en su primer día de trabajo en la Cruz Roja, una anciana tiró al piso el plato de sopa. —Esta basura está fría— fueron sus palabras. Él entendió el verdadero significado de la palabra ‘ayudar’. Rara vez llega el agradecimiento, mucho menos una sonrisa.

—El voluntariado es un trabajo como cualquier otro, solo que no te pagan— decía, mientras yo intentaba no creerle.

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