El tiempo que no pasa

Hace unos diez años me sucedió algo extraño, tan inusual que hasta el día de hoy no he podido describirlo, tal vez por eso lo escribo.
Estaba en un taxi regresando a casa con una amiga, y ella comenzó a hablar tonterías, como que Alejandro Magno y la Reina de Inglaterra eran lagartos, que la medicina moderna es una estafa, y otras pavadas.
No le prestaba mucha atención hasta que dijo —-¿Sabías que los días desde 1960 son cada vez más cortos? Es algo más de un minuto al año que se pierde, entonces nuestros días en realidad solo tienen 23 o 22 horas, por eso siento cada vez menos tiempo para hacer cosas—. La miré fijamente y me quedé mudo; mi expresión era totalmente neutra, esperaba alguna mueca en su rostro para darme cuenta de que era una broma, pero la mueca nunca llegó.
No discutí. En ese momento entendí que ella realmente creía en eso; ella creía en todo. Sus palabras eran sinceras y su percepción de la realidad era completamente diferente a la mía. ¡En su vida, los días tienen 22 horas! ¡Estamos siendo dominados por lagartos!.
Sentí un escalofrío y me asustó pensar en que el pelotudo era yo. Tal vez ese día, en el taxi, el que pensaba huevadas era yo y no ella.
Nunca más la volví a ver. Creo que ahora vive en Chile o Perú y que tiene una numerosa familia. Hoy la recordé pues ya son tres días seguidos que estoy ajustando la hora de mi reloj que no deja de atrasarse.
Me parece que el reloj está bien. El que no está entendiendo el tiempo soy yo.













