El secreto de Oxford

El secreto de Oxford

Jamás había estado en un lugar donde se respirara tanta majestuosidad e intelectualidad. Me parecía que toda la población adulta de Oxford tenía, por lo bajo, dos doctorados, había publicado al menos cuatro artículos científicos y escrito un libro de poemas en sánscrito.

Hasta los pocos vagabundos tenían pinta de haber teorizado sobre la evolución de los anfibios en el sur de Etiopía o los efectos electromagnéticos de la luz cuando dos electrones sueltos rebotan ante la presencia de un agujero negro. Sentí un poco de miedo y, al mismo tiempo, una maravilla enorme ante tanto saber. En esta ciudad se han leído, fácil, todos los libros jamás escritos no una, sino varias veces.

Un poco al azar descubrí un pasaje secreto que llevaba a una taberna clandestina donde las mentes más brillantes de la humanidad se pegaban tremendas farras. Sin pensarlo dos veces, comencé con la sidra y terminé con la cerveza más agria que tenían. Ahí, aturdido, me di cuenta de que el conocimiento extremo te aleja del saber más útil y cotidiano.

—Seguro que ninguno de estos sabe cambiar la resistencia de una ducha Lorenzetti, ni barrer debajo de los muebles empotrados, ni freír unas empanadas —me dije a mí mismo para consolarme.

La resaca fue el doble de horrible, porque me di cuenta de que sí, que sí sabían.

26 Me gusta
103 vistas
« Anterior
Siguiente »