El Rey Gitano

Quizás fue la lluvia o la gris luz de invierno, pero mis mejores momentos en Rumania siempre sucedían de noche.
Una de esas noches, mientras trataba de encontrar el camino a casa, una joven se acercó insistentemente para venderme flores. Yo le repetía (sin mentir) que no llevaba efectivo.
—Seguro buscas amor —dijo en un momento, con una sonrisa pícara.
—No, solo quiero volver a casa.
—¿Estupefacientes?
—No, tampoco.
Entonces, quizá sólo para sacármela de encima, le dije en tono de broma: "¿Sabes qué quiero? Y es algo que tú puedes conseguir, quiero conocer al Rey Gitano".
De inmediato, su expresión cambió. Se quedó en silencio y me vió con una seriedad que me heló la sangre. Sus ojos se oscurecieron hasta perderse la mirada. Finalmente, tras un largo minuto de tensión me dió una de sus flores. “Ponla en tu bolsillo, asegurate de no hacerla caer, el Rey te está esperando”. Luego, desapareció.
Regresé a casa con la luz del nuevo día. Incapaz de dormir, salí a una panadería para desayunar. Al regresar, busqué la flor con desesperación, pero no estaba por ninguna parte.
Ahora, me da miedo soñar. Siento que si cierro los ojos, el Rey Gitano estará allí, aguardando una conversación para la cual aún no estoy listo.













