El reino de los corbatudos

La leyenda —pues la realidad no es más que una fantasía (en serio)— cuenta que cuando los soldados franceses vieron a sus pares croatas lucir una delgadísima pañueleta en el cuello, se enamoraron de la estética de tan (insulso) accesorio.
Es curioso que una prenda que no sirve para absolutamente nada, más que para un triste placer visual, haya sido aceptada por la humanidad como símbolo de estatus. A mi viejo le habré regalado cien mil de esas bufandas inútiles en su día, porque eso era lo que se hacía.
Los franceses la llamaron “cravatte” (por los croatas) y de ahí nació en español la palabra “corbata”. En los Balcanes todavía reclaman reconocimiento, pero nadie les da bola. La corbata se quedó para dar estatus, para dar elegancia, para ahorcar las ideas y dejar sin oxígeno a quienes la usan.
La corbata es parte de la nueva Bolivia. Ese nuevo y extraño país que habíamos enterrado hace veinte años. La corbata vuelve como un símbolo de méritos, como una horca al revés (que no te mata pero te eleva).
—Resalta el cuello— decía (con orgullo) una costurera que pasó casi la vida entera con un agüayo alrededor del cuello.











