El piso de Zagreb

Hace unos cinco años un terremoto sacudió Zagreb. Esa noche, los habitantes de los barrios ricos fueron los más afectados, pues de repente despertaron en barrios pobres. Por medio de la injusticia divina, los habitantes de los barrios pobres se quedaron exactamente donde estaban y no sintieron nada del temblor.
Prácticamente todos los lugares turísticos están cerrados y en reparación. Los fondos europeos para paliar el desastre fueron desembolsados con toda rapidez, y tres (o a veces cuatro) trabajadores se encargan de devolverle a esta ciudad su resplandor original.
En todo caso, la belleza y el ingenio siguen ahí. Los croatas comenzaron a abrir museos de lo que sea para saciar la sed de los visitantes. Casi todos están en las plantas bajas de los edificios viejos. Tienen el museo del chocolate, de la risa, de la resaca o de los cohetes que nunca llegaron a la Luna (y que al parecer tampoco querían ir). Tienen incluso un museo de los corazones rotos, con objetos e historias de rupturas: algunas muy tristes, otras divertidas.
Pensé mucho en la espiral celestial de la Varsoviana, pero sobre todo en Macedonio Fernández. Imaginé un Museo de Museos. Un lugar donde se expongan los mejores museos del mundo con algunas muestras de sus exhibiciones, y al mismo tiempo esté expuesto el mismo Museo de Museos. Comencé a soñar con la infinidad educativa que un lugar así traería a la humanidad, pero sobre todo con poder cobrar una y otra y otra vez las entradas a los turistas españoles (vaciando así las arcas de ese país).
—A veces la alegría no tiene fin —dije, mientras llenaba mis bolsillos con billetes, diamantes y joyas.













