El pasaporte de la mascota

El pasaporte de la mascota

La Maga de Cortazar se prestó una perrita de su amiga Juliana. Cuando la ví, me sentí un poco incómodo; no puedo llamarla por su nombre y tampoco quiero decirle “perra”, aunque lo sea. Decidí marcar distancia y dividimos la casa en dos; yo solamente visito su zona para preparar café.

Días después, Juliana vino a dejarle comida, aunque me parece que quería ver como la tratábamos. Nos quedamos charlando y contó que la mascota había escapado de la guerra de Ucrania. Dos voluntarias agarraron un auto, recogieron a cuanto gato y perro estaba entre los escombros y se dirigieron al oeste.

Durante el relato, la perrita no paraba de saltar y comer moscas —hace eso siempre— interrumpió Juliana. La cosa es que las voluntarias iban dejando a las mascotas en santuarios que encontraban por el camino y esta perrita era la última. Ellas retornaron a su natal Kyiv, con el alma en su lugar, y el auto cargado de anécdotas. Casi digo que era mejor que se queden las chicas y no las mascotas como refugiadas, y en eso, Juliana me dio un golpe brusco en el hombro gritando “¡Mosquito!”.

Luego contó que la perrita está acostumbrada a comer solamente carne y sacó dos latas de pollo procesado. Dejó unos documentos de los cuales el más pintoresco es un pasaporte de mascota y me puso bastante incómodo, pues me trató de ángel por dar cobijo a un ser tan noble. Claro, en mi angelical cabeza solo pensaba en el triste destino de las moscas, el mosquito y los pollos sacrificados.

Cuando cerré la puerta, me dí la vuelta y la perrita me miró fijamente. Pensé que quería ver su pasaporte o capaz quería explicaciones sobre lo que se siente ser una refugiada de guerra, luego entendí que quería comer. No tardó casi nada en invadir mi zona —¡ahí no, Pixie!— dije y caí en cuenta que ya estaba condenado, pues acababa de nombrarla.

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