El paraíso en el cine

La primera vez que vi una película con mi hermano en el cine, fue en la antigua Cinemateca Boliviana de la calle Jaén. Mi padre nos llevó de noche a ver "Chuquiago". Aunque, según él, la cinemateca no estaba en esa calle sino a dos cuadras, y no vimos ese filme, sino "Mi socio".
Mi madre intervino diciendo que, en realidad, nuestra primera película fue en Botijlaca. La gente del pueblo consiguió un proyector y vimos una de Cantinflas. —No recuerdo si era el torero, el barrendero o el policía. Igual, son todas iguales, solo cambia el oficio del protagonista— dijo. Mientras nos reíamos de que nadie atinaba a la historia correcta, mi hermano se puso serio. —Yo recuerdo todos esos eventos, todos en el mismo tiempo— sentenció, y fue raro.
La psicología moderna habla de los "falsos recuerdos", que son un mecanismo cerebral para rellenar vacíos. Pero era imposible tener tres falsos recuerdos sobre la misma fecha.
Me acordé de un espía alemán que vivió una experiencia similar hace 80 años y urdió la teoría de que el tiempo era como un río que cruzaba un jardín, creando bifurcaciones infinitas, pero llegando al mismo destino. En ese caso, mi hermano tenía razón, las tres películas fueron nuestra primera película.
Después de todo, ir al cine es lo más cercano a un ritual espiritual que existe en la modernidad. Supongo que es una experiencia similar a la de un romano que observaba a una sacerdotisa sacrificar a los discípulos más burros, o a los antiguos israelitas mientras escuchaban al hijo de Dios hablar de amor y compasión como si nunca nadie lo hubiera hecho antes. Con razón ya no construimos templos ni iglesias. Todo se ha reducido a centros comerciales, pantallas, gaseosas y pipocas.
—¡Mentira! ¡Era la de Cantinflas!— fue el cierre que dio mi hermano a la velada.













