El ladrón de la casa

El ladrón de la casa

Estaba trabajando en absoluta soledad cuando de repente escuché un ruido extraño en el cuarto de atrás. Tenía mucho miedo, así que agarré un martillo (o capaz un palo, no lo recuerdo) y me acerqué sigilosamente. Por la brisa me dí cuenta que la ventana estaba abierta, moví un poco la puerta y lo ví ahí. Era un ratero flaco, pequeño, con un par de cicatrices que se paseaban entre su nariz y cuello, con pantalones oscuros y una camiseta raída, es decir, un ratero normal.

Me quedé quieto, viendo cómo intentaba hurtar; desordenaba todo lo que tocaba, capaz tratando de encontrar joyas o algo de dinero. Cuando su mirada se cruzó con la mía pude sentir el terror en su ser. En una fracción de segundo lo vi escapar y saltar por la ventana, el pobre hombre cayó sobre su hombro y el grito que pegó era aterrador.

Quise bajar a ayudarle pero se escapó, quería decirle que yo también era un ratero en esa casa y que, donde roba uno pueden robar dos. Volví a lo mio, a mi soledad, hurgando cosas ajenas buscando algún tesoro. No encontré nada y tuve que irme por el hueco por el que entré.

Me acordé de ese filósofo brasileño que vivía hablando solo en las calles, una especie de “Sócrates de barrio”. —En este país uno sale a robar y vuelve más pobre— era su sentencia.

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