El hermano de la eslava

Existe una particularidad del espíritu eslavo que, vista desde cualquier otra cultura, parece un carácter serio y frío. Como si la vida fuera solo navegar sin rumbo sobre un mar de tristeza sin fondo. Admito que necesité muchos años para entender que la efusividad simplemente no fluía por sus cuerpos. Busqué vanamente respuestas —capaz sea la historia, capaz el clima o las condiciones geográficas—, pero ninguna me convence; capaz son así nomás, y punto.
Pese a que aquí las cosas no comienzan ni se resuelven a los gritos en público, y que tampoco abundan los encuentros salvajes llenos de pasión o las fiestas descabelladas, me parece que la gente es extraordinariamente noble y buena. Incluso en la peor de las situaciones, se puede encontrar un abismo de compasión.
Mientras me moría de frío en una esquina tomando vino caliente, entablé una conversación con una chica que me explicó que, cuando los checoslovacos decidieron olvidarse de los nombres alemanes y húngaros impuestos por el Imperio, resolvieron que Preßburg se llamara Bratislava. Muchos dicen que fue por el santo Brastilav, pero ella prefería pensar que era para conmemorar la hermandad (brat) entre esos checos y eslovacos. Lo dijo con tanta dulzura que su explicación se convirtió, al menos para mí, en la oficial.











