El general Macuñaga

Estaba con mi cuñada, la querida Claudia Rodríguez, en la oficina de Impuestos Nacionales de la calle Ballivián. Le estaba ayudando a cerrar su registro, pero no querían hacerlo porque tenía cuarenta y cinco multas pendientes. Muchas de ellas rozaban lo ridículo, como tener multas por no haber facturado una bolsa de chisitos y dos latas de cerveza. Lo que más rabia nos daba era que el mismo funcionario que ahora nos cobraba las multas era quien, anteayer, disfrutaba tanto de los chisitos como de las cervezas.
Nuestro plan era hacer de la contribuyente buena y del contribuyente malo. Ella debía implorar piedad, explicar que estaba en una situación precaria, que la tienda de barrio era lo único que alimentaba a toda su familia. Yo, por mi parte, tenía que irme a los insultos y, de ser posible, a los puñetes. Después de dos horas de forcejeos institucionales, logramos reducir las multas a tan solo tres. Así que, mientras ella se despedía de los funcionarios dando mil gracias y bendiciones, yo los mandaba a la mierda diciendo que eran unas sanguijuelas.
Para festejar nuestro triunfo, fuimos a comer unas salteñitas a La Gaita. En el camino, me asusté un poco porque pasaron a nuestro lado casi un centenar de militares a trote, rumbo a la Plaza Murillo. Claudia ni les prestaba atención, estaba calculando de quién iba a prestarse plata para pagar las tres multas. Luego vinieron las tanquetas, que bocinaban incesantemente para abrirse paso, sin darse cuenta de que para el transportista paceño ese sonido es como el de los pajarillos en una mañana en el campo.
Mientras comíamos nuestras salteñas, notamos que la gente comenzaba a alborotarse. Todos encendían las radios y los televisores para ver qué estaba pasando. —Seguro es algo de fútbol— comentaba Claudia, obviamente despreocupada. —Qué chistoso que lo mejor que hayamos hecho en tantos siglos de evolución sea aprender a patear una pelota— decía, matándose de risa mientras seguía pensando en cómo prestarse plata. Yo estaba consternado, sobre todo por la incertidumbre, ya que no sabía qué estaba pasando. Desde hace meses tengo un par de billetes de Benjamin Franklin escondidos en mi billetera para escapar del país por si las cosas se ponen realmente mal; así que me cercioré dos veces de que seguían ahí.
Según los medios, los soldados no dejaban entrar a nadie a la plaza. En eso, el general Macuñaga se subió al monumento del torero y comenzó a gritar que era injusto que a la selección boliviana le fuera tan mal después de haber invertido tanto tiempo y dinero en procesos futbolísticos serios. El presidente del país bajó corriendo desde el piso setenta y siete de la Casa del Pueblo; su secretaria le prestó rápidamente una chamarra, pues no quería que las cámaras vieran que llevaba puesta la polera de Messi. En dos minutos, el alto mandatario bajó a gritos al general de la estatua y se calmó la situación. Fue una fortuna, ya que nuestros nervios estaban a flor de piel.
Claudia ya estaba lista para llamar a unos primos que tenemos en Santa Cruz para ver si le podían prestar el dinero. Entonces, le pregunté qué pensaba de la situación que estábamos viviendo. —En realidad no quiero ni pensar, porque me emputa. Al final, todos esos van a cenar esta noche de mi bolsillo— dijo, y comenzó a telefonear.













