El diccionario de Julián

El diccionario de Julián

Julián (nombre ficticio de David Esquivel) es un chico que viene de Santiago del Estero, pero por su acento parece de Córdoba. –En la vida siempre fui un bueno para nada, pero me esforcé muchísimo y ahora no solo soy bueno, sino soy un excelente para nada– es su chiste de presentación.

Me gusta hablar con él pese a que a su vocabulario le faltan, por lo menos, cinco letras. Sería difícil entenderle si no fuera por su dominio de los sinónimos. –Chancho, puerco, cochino, lechón o marrano– respondió cuando le dije “cerdo”. –Pasa que soy la única persona en el mundo que ha leído el diccionario de la A a la Z– decía riendo y yo tardaba un poco en entender su humor.

Su nivel de conversación es elevadísimo; es como un pastor de palabras; sabe llevar la charla hacia su terreno. Siempre hablamos de lo que él quiere y rara vez aparece un silencio. En una de esas oportunidades, le comenté que lo único que conozco de su tierra es un chiste de Luis Landriscina, que nunca entendí a cabalidad, pero que siempre me hizo reír. Es una broma de una línea: “de algo hay que morir, dijo un santiagueño, y agarró una pala”.

Se mató de risa. —¡Pero, cómo no lo vas a entender! Somos tan flojos que ir a trabajar es lo peor que nos puede pasar— explicó y le dije que no estaba seguro. Según yo, el chiste es que va a cavar su propia tumba, pero no me dio bola y se despidió.

La anterior semana fui a la ferretería y aproveché para comprar una pala. Cualquier rato me pongo a trabajar.

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