El desierto de árboles

El desierto de árboles

La pequeña Rocamadour siempre tuvo el deseo (¿posible factor genético?) de conocer el desierto. Sueña con ese infinito de arena, esa zona en la que, a falta de todo, quedan tan solo los pensamientos y algunas ideas.

Eventualmente encontramos un hueco en su apretada agenda, pero, para nuestro pesar, en estos veranos modernos ir al desierto no es una buena idea. Si el sol no te calcina en cuestión de minutos, seguro te cae algún misil en la cabeza (quién sabe de dónde).

La Maga de Cortázar, al ver nuestras caras largas, nos dijo que en el oeste de Francia existe un lugar extraño (y algo secreto) que es bosque, mar y desierto al mismo tiempo, al que los nativos llaman Pilat. No lo pensamos tanto y emprendimos la aventura. Después de varios días de ruta, y con el cansancio en los hombros, llegamos al bosque, pero no había nada especial.

Con una leve tristeza caminamos buscando algún lugar para dormir, y ahí sucedió: el cielo dejó de ser celeste y se tornó amarillo. Entonces, nos vimos atrapados en ese laberinto de arena y no vimos salida más que seguir adelante. Los segundos se convirtieron en horas, y las horas en días, hasta que el cielo volvió a ser cielo y el piso se transformó en agua fresca de mar. La Maga tenía razón: este lugar es todo a la vez, es cansancio y alegría, es miedo y aventura, es un infierno y, a la vez, un cielo.

En medio de unas rocas vimos a un cangrejo extraño, uno que caminaba hacia adelante.

—Pobrecito. Debe ser el raro del grupo... aunque seguro es el cangrejo más divertido —dijo Rocamadour, antes de que nos volviéramos a internar en el desierto, o en el bosque, o en el mar. Aquí todo es todo, todo es lo mismo, todo es nada y todo de nuevo.

42 Me gusta
117 vistas
« Anterior
Siguiente »