El comandante de Vallegrande

El comandante de Vallegrande

Una amiga que estudia Ciencias Sociales en la UMSA me contó que en Bolivia existen dos pueblos llamados Vallegrande y que por ambos pasó el Che Guevara. — El primero está escondido entre Vitichi y Camargo, lo poco que se sabe son algunas líneas que escribió el comandante en su diario, cuando vino en motocicleta — dijo.

Según ella, el pueblo es pequeño, no más de cuarenta familias. Dice que son casi todos agricultores; aunque hay tres carpinterías, cuatro herrerías y dos poetas, de los cuales solo uno acepta trabajos. La gente le pide que redacte cartas de amor, aunque también algunos versos conmemorativos, frases y refranes. Algún despistado le pidió una vez un chiste y el poeta aceptó con una risa, no podía ser de otra forma.

El comandante estaba fascinado con ese Vallegrande; dicen que por primera vez en todo su trayecto por tierras bolivianas se dedicó más a escuchar que a hablar. Le cautivó la forma en la que se vivía ahí, ese lugar estaba libre de sufrimiento, la organización social bordeaba la perfección y todos estaban felices. Claro, los problemas comenzaron algunas semanas después, cuando el extranjero cobró confianza y, después de una fuerte discusión con el poeta, fue expulsado.

Parece que el arrepentimiento le persiguió todo el resto de su vida e hizo de su destino encontrar nuevamente ese pueblo, capaz para pedir perdón. Mi amiga me dice que las últimas palabras de Ernesto, antes de morir, en el segundo Vallegrande fueron: “me gusta el sol, Alicia y las palomas”. Lejos de ahí, en otro tiempo, el poeta las escuchó en un sueño.

Al despertar, las cantó.

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