El claro de la noche

En la fiesta del pueblo conocí a Chiara (Clara en español, Claire en francés), una hermosa italiana, hija de la región de Liguria.
No sé si fue mi cumplido a su chalina o su comentario sobre la música, pero rápidamente encendimos un diálogo. Era claro que odia la tecnología, ya que para ella viajar en avión, tren o bicicleta es lo mismo, solo moverse entre un punto A y un punto B.
La mensajería instantánea, los correos electrónicos o el fax solo aceleran las estupideces. El cine o la televisión son pobres extensiones del teatro griego, que, a su vez, no es más que un cavernícola contando chistes en la caverna.
El posicionamiento global, la inteligencia artificial o el metaverso le provocan risa. —Cada año aparecen con un nuevo nombre para la misma huevada—, dijo mientras admiraba nuestra cena (unos crostinis y un vaso de vino para ella; una cerveza para mí). —La fermentación, es decir, el tiempo convertido en alimento y, a su vez, en placer—, agregó, matándose de risa, mientras yo sentía lo inevitable: un amor puro, sincero, incondicional y absoluto.
Obviamente, ya estoy muy viejo para esos arrebatos emocionales, así que rápidamente inventé una excusa y me fui. Esa noche no pude dormir, mejor dicho: desde esa noche que no puedo dormir.
Por supuesto que vivo arrepentido. Cada día salgo de paseo a la plaza del pueblo buscándola y visito los negocios preguntando tonteras. Imagino que en el momento más inesperado la volveré a ver.
—Qué cojudo que soy, era que le pida su número— es mi tortura diaria. —Seguro no tiene teléfono—, mi tonto consuelo.













