El calor lingüístico

El calor lingüístico

El otro dia estaba renegando, no me acuerdo ni de qué, creo que de todo. Con el calor reniego el doble y con la canícula europea, el triple. Si, bueno, me acuerdo, estaba renegando de la letra L.

Decía que me parecía que es un absurdo que tengamos tantos signos para la misma cosa. Finalmente tenemos la “L” mayúscula, la “l” minúscula, la caligráfica, la “ele”, la “ELE” y la “Ele”. Son tantos signos diferentes para la misma cosa, para que nuestras lenguas se muevan de arriba para abajo mientras tenemos los dientes abiertos. Al final es un simple sonido y tenemos seis formas diferentes de representación.

Por otro lado, tenemos a la palabra “amor”, que puede ser todo. Es un signo que se da formas de aparecer en cualquier conversación: “amo a mi abuela”, “amor a la camiseta”, “a mi perrito, lo amo con locura”, “amo mis nuevos audífonos” o “el amor que le tengo a mi pareja es eterno”. Es exactamente la misma palabra, pero se mete donde sea. Claro, cuando preguntas si el amor a la abuela, a la camiseta, al perro, a los audífonos o a la pareja es el mismo, te destrozan. Te dicen que no entiendes el concepto, algunos dicen que el amor a la abuela es el mayor de todos, otros prefieren a la pareja, algunos dicen que la camiseta es más importante y así. Seguro que buscando hay quienes aman a sus audífonos más que a cualquier cosa en la vida.

En resumen nadie sabe definir muy bien lo que es el amor, que es un simple signo, pero todos saben muy bien qué es la letra “L”, o “l”, o lo que sea. Hoy descubrí que no amo esa letra, creo que por el excesivo calor, y después de dar mi disertación lingüística en la piscina, dije “no hay nada lindo en el amol” y todos se me mataron de risa.

Tenían razón, no hay nada más chistoso en esta vida que un viejo renegón.

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