El África de tierra adentro

Kapuściński realizó uno de los descubrimientos más interesantes sobre la forma de percibir la realidad. Se dio cuenta de que en el África Central la gente sigue fabricando el tiempo; es decir, se apropia de él, lo moldea y lo usa a su favor. Una gran diferencia con la cultura occidental, donde solamente se sigue al tiempo (como una simple línea recta).
Para explicar su teoría, usó un ejercicio muy sencillo. Decía que si una persona en un barrio de Varsovia quiere ir a otra ciudad, busca un horario, se sube a un tren, espera que el tren parta a tiempo y la lleve a su destino en un momento preciso.
En cambio, si una persona en África desea realizar un viaje, simplemente se sube a un autobús. Es probable que el coche parta pronto, o en una hora, o cuando la gente comience a llegar... o quizás nunca parta. Esa persona ya hizo lo que tenía que hacer: subirse al bus. El resto depende de factores incontrolables y, por ende, innecesarios de preocupación.
En lo que llamaríamos “espera”, esa persona entra en un estado de meditación profundo: no habla, no piensa, simplemente no está… hasta que la acción de partir sucede. Eventualmente el bus partirá y la persona saldrá de ese estado. O quizás no parta nunca, y al día o a la semana siguiente la acción se repita.
“Si algo puede suceder, va a suceder”, decía Spinoza, mientras miraba contento a las piedras siendo piedras.
Igual es una forma de expectación que no parece triste. Finalmente, los mejores abrazos llegan cuando menos se esperan.













