Desde donde partimos al cielo

Desde donde partimos al cielo

Kazajistán es el lugar que me dejó más interrogantes que respuestas. Cada ciudad era más extraña que la anterior, como si un secreto se escondiera a plena vista. La gente es muy gentil, bastante educada, ordenada y limpia, pero nada amena ni cariñosa; da la sensación de que todos allí conocen el secreto y lo esconden. Incluso cuando sonríen, se percibe que hay una incógnita por detrás.

Pensé muchísimo en que la clave estaba en alguna frase de Atila, pero su legado es más violento que literario. Imaginé que tal vez se encontraba en Baikonur, ese lugar mágico desde el cual Laika y Yuri partieron hasta quebrar la frontera de la realidad, pero, lamentablemente, es inaccesible. Intenté ponerme en los zapatos de Kurokawa, ese hacedor de mundos oriental, pero mi imaginación arquitectónica es muy limitada y se reduce a una casita con techos de dos agüitas.

Aturdido ante la duda, me quedé sentado frente a esa pirámide gigantesca, cerca de esa inmensa esfera, y me acosté viendo el techo de tantos palacios futuristas vacíos. En una especie de meditación moderna, me di cuenta de que no había comido prácticamente nada en toda mi estadía (y, sin embargo, no sentía hambre). Fue allí, en el último instante, cuando entendí el secreto; fue como el primer haz de luz en la mañana o el aroma de una máquina que comienza a funcionar. Fue allí que, por fin, descifré estas tierras.

Sonreí al entender. Estaba todo tan claro desde el principio y era tan natural que la idea se desvaneció como arena entre los dedos. Recordé entonces aquella frase —que el ciego pregonaba— de San Agustín sobre el tiempo: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si me lo preguntan, lo desconozco.”

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