Contando la vida

Contando la vida

El otro día, en el cumpleaños de María, conocí a un señor medio raro. La verdad es que estábamos un poco aburridos, ya que éramos los únicos viejos, y con la edad, las buenas conversaciones son más importantes que el baile romántico.

El señor resultó ser un biólogo algo excéntrico con una teoría extraña. —Así como las personas tenemos dos manos, dos ojos, diez dedos en los pies; así, de la misma forma las plantas tienen la misma cantidad de ramas o de hojas. Las rosas tienen un número exacto de pétalos, y los árboles dan un número preciso de manzanas—, explicaba. Claro, mi ignorancia me obligó a quedarme callado, aunque me moría por expresar mis serias dudas ante sus afirmaciones.

Desde ese día, me la pasé contando cosas y anotándolo todo en un pequeño cuaderno. Ahora sé que las margaritas de esta zona tienen veintisiete pétalos blancos y cuarenta filamentos amarillos delgados. Las rosas cerca del lago tienen treinta y siete espinas, y los pinos del jardín principal tienen dieciocho ramas grandes cada uno.

Quise mostrarle mis datos al señor, así que le pregunté a María si tenía su contacto, pero ella no recordaba a ningún amigo biólogo en su fiesta. —Era un señor con dos ojos, dos cejas, una nariz y cinco dedos en cada mano—, le dije, pero creo que no me entendió.

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