Claudio

Siempre (es decir, en algún período corto de tiempo, infinitamente minúsculo cuando se compara con todo el tiempo) dije que Lyon es la ciudad más francesa que existe. Es la cuna de la cocina de este país, el lugar que vio nacer al cine y donde la resistencia al invasor alemán cobró verdadera forma.
Ahora (es decir, a las 19:49 y siete segundos del 14 de abril de 2025) digo que Lyon es la ciudad más boliviana que existe. Y que el sueño premonitorio de doña Guillermina Rodríguez (esposa del fallecido coronel Jorge Hernández de Patacamaya) se cumplirá. Es decir, conquistaremos el viejo continente de a poco: primero extraeremos nuestra plata mediante remesas y luego implantaremos nuestro imaginario en su cultura.
Es así, que me quedé pensando en esta ciudad gala. Es cierto que en el sur, hay un boliche donde un chico prepara la mejor sajta del planeta. En el este, donde confluyen dos ríos primordiales de Francia, hay unas chicas bailando la diablada. Mientras tanto, en el corazón de la ciudad se pueden disfrutar unas exquisitas salteñas picantes, y sé que en el oeste me espera un desayuno con la deliciosa marraqueta andina (que los nativos llaman "baguette").
–Cada día Lyon es más parte de Bolivia–, digo en un bar, y una chica latina me corrige diciendo que hay más bolivianos en España, pues venden charque y pansankalla en cualquier esquina.
Por suerte no la escucho (y por ende, no le creo). En mi auto-convencimiento francés quedará tatuada esta tarde. Tuve el honor de tomar unas cervezas y hablar de literatura con el gran Claudio Ferrufino-Coqueugniot, de lejos uno de los referentes más altos de las letras nacionales. Mientras él hablaba de sus viajes al Cáucaso, a los Balcanes y de sus sueños por Asia, me di cuenta de que nos separaban veinte años de distancia, es decir, noventa vueltas al mundo según Verne.
Luego se puso a hablar de algunos autores rarísimos, de películas bizarras y de pueblos que (me parecen) imaginarios. Al final de la charla, llegó su sobrina nieta y solo se puso a hablar de ella. Entendí que es normal; ni la más épica de las aventuras puede competir con la ternura de una niña que se despide con un abrazo. Uno de esos abrazos cariñosos, fuertes, que te envuelven entero y te recuerdan, sin palabra alguna, que el mundo todavía tiene cosas buenas.













