Calor abrasador

Calor abrasador

El calor extremo derrite hasta las ideas más tontas. Las consignas del gobierno son las mismas: no hacer ejercicio ni realizar manifestaciones contra los atropellos municipales, beber mucha (muchísima) agua, dormir siestas de 8 a 10 horas, cerrar las persianas americanas y guardar todos los misiles en el placard.

Los franceses le dicen “canicule” a esas semanas en las que el mercurio se eleva y cruza la barrita marcada con 40 grados. El tío de Rocamadour rememora los años que vivió en el Sahara (con una tropa de beduinos) y comenta que esa gente vive muy adelantada a los inconvenientes europeos del cambio climático.

Personalmente, encontré que sumergirme en el agua es la mejor solución, ya sea el mar, una piscina o la tina rota del baño. Hundirse hasta el fondo, cerrar los ojos y dejar los problemas en la superficie es una forma de escape cuyo único inconveniente es el poder de la respiración.

Ahí abajo, cuando la consciencia comienza a desvanecerse, puedo visualizar claramente las fuerzas armónicas del tiempo en el agua (Varsoviana dixit). Pero al emerger y abrir la boca con desesperación, esas fuerzas se disipan, mientras mis pulmones se llenan de un aire caliente y pesado.

—Esto no es nada —decía una señora argelina mientras comía pan con hummus en el borde de la piscina. —Para mí, el peor infierno fueron esos veinte años con mi primer marido— concluyó antes de ponerse un poco de crema solar.

10 Me gusta
31 vistas
« Anterior
Siguiente »