Café Ciudad

Creo que eran las tres de la mañana, o las cuatro, o quizás las cinco. En la madrugada, las horas corren a la velocidad de la luz, hasta que se tropiezan y despiertas al mediodía.
La cosa es que estaba buscando algo que comer, una pizza, una hamburguesa, no sé, algo caliente y con grasa. Crucé mi pueblo unas cuatro veces hasta recordar que aquí se duerme temprano (muy temprano).
Sentado en una banca, solo y con un hueco en mi panza, me puse a soñar con el Café Ciudad. Quisiera saber quién inventó el concepto de un boliche que funcione las 24 horas del día. Amo esa idea de que los lugares nunca cierren, que todo esté abierto siempre. ¡Atención los tres turnos, que le ganemos al tiempo y que abracemos la eternidad! ¡Carajo!
En eso apareció un borrachín. —Si tienes hambre, anda a la maquinita de allá, tiene unos sándwiches buenísimos a tres euros—. Compré un par y le convidé uno, en agradecimiento por el dato.
Luego me puse a hablar del Café Ciudad, de cómo extraño la Plaza del Estudiante (aunque en realidad es solo un redondel para los autos) y de todos los proyectos artísticos que vi nacer en esa zona. Hablé sobre la vez que a las cinco de la mañana apareció toda la gente de un prostíbulo vecino, clientes incluidos, a desayunar huevos revueltos.
Hablaba tanto sin recibir respuesta que giré para ver si el borracho estaba bien. No había nadie, lo único que vi fue uno de esos horribles sándwiches que venden esas máquinas sin alma.













