Brno

Brno

Claramente es culpa de la literatura el hecho de que no pueda disociar a la República Checa de la obra de Kafka. Cada paso que doy aquí, cada vez que giro la mirada o experimento un nuevo aroma, no puedo sino traer a mi cabeza algún pasaje dramático del maestro.

Se siente como si el arte se hubiera apoderado de la realidad. Por ejemplo, el centro de Brno parece una ciudad europea muy normal, pero al llegar a una esquina suelen aparecer cinco caminos posibles: uno lleva al mismo lugar, dos a las calles contiguas, uno al centro mismo de la ciudad y el otro a las afueras. Sea cual sea la decisión tomada, la siguiente esquina ofrece exactamente las mismas opciones, y la siguiente también, y así sucesivamente (casi infinitamente). Todo eso provoca que, con un poco de esfuerzo, en menos de veinte minutos se pueda recorrer fácilmente toda la ciudad y volverse completamente loco.

Para Kafka, la burocracia era algo vivo, que debía estar en constante movimiento. Fue así que decidí que, para salir de aquel laberinto, lo mejor que podía hacer era quedarme quieto y no moverme en absoluto. Después de unos minutos de desesperación, fue la ciudad la que comenzó a moverse a mi alrededor y a mostrarme todos sus atractivos. Al darse cuenta de que yo no me movía, se desesperó más y empezó a mostrarme el cielo y las catacumbas.

Viendo que aún no hacía nada, me mostró la estación de trenes y me dejó sentado en este vagón que no sé adónde me lleva. Seguramente lejos de Brno, o quizá despierte en el centro de la ciudad nuevamente.

Solo Franz sabe.

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