Bailando con una lingüista

Bailando con una lingüista

—Gracias a mi carrera, voy a vivir en casa de mis padres para siempre —decía Gretta, con tristeza y arrepentimiento. —¡Al parecer, el único trabajo que una lingüista puede conseguir en este país es el de traductora o profesora de otros lingüistas!— reclamaba fuerte, como para que todo el boliche se entere.

Al escucharla, pensaba en que mientras más viejo me pongo, más quejosas son mis amistades. Si no está mal su equipo de fútbol, está mal su pareja, o su país entero, o no tienen plata, o tienen y se la gastan rápido. Qué chistoso que con la edad, cualquier situación se transforma rápidamente en motivo de queja.

En todo caso, mi labor ahí era apoyarla. Así que, para levantarle el ánimo, le dije que me parecía que su trabajo era importante, pues las lenguas son protectoras de cultura y la forma más digna de comprender la realidad. Son el enlace perfecto entre la percepción y los objetos. Además, traducir es una labor noble, pues hace que gente extraña se entienda, es una ventana al diálogo.

Cuando terminé mi discurso, me di cuenta de que Gretta no me había escuchado nada. —¡A bailar, carajo!— dijo después de vaciar su vaso. En veinte minutos la perdí de vista, pensé que estaba en el baño, pero la encontré con sus amigos en medio de la pista de baile. Decidí volver a mi hogar y, mientras más me acercaba, más crecía el deseo de que al abrir mi puerta mágicamente entrara a la casa de mis viejos, la de mi infancia.

Al día siguiente fuimos a desayunar juntos. Mientras tomábamos café, volvió a quejarse sobre su trabajo. Esa vez no le dije nada, solo recuerdo que me vinieron unas tremendas ganas de bailar.

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