11/11 11:11

El 11/11 a las 11:11 el mundo decidió dejar de pelear; la Gran Guerra había terminado. Siguieron años de tratados, convenciones, firmas y reorganizaciones geográficas tan desastrosas que rápidamente dieron paso a otra guerra aún peor.
El 11/11 a las 11:11 vi mi reloj y pedí un deseo. Rápidamente me acordé de que no podía compartirlo con nadie, pues no solo no se cumpliría, sino que, con mucha probabilidad, ocurriría todo lo contrario a lo deseado. Era claro que estaba en serios problemas y comencé a torturarme con el desastre que sucedería si abría mi bocota. Así que decidí olvidarlo por completo, pero cuanto más se desea olvidar algo, más se recuerda.
Comencé a merodear sin rumbo por las calles de Lille hasta que, en una plaza, encontré un homenaje a los franceses caídos en todas las guerras (qué extraño que tantos altos valores morales y humanos se hayan construido a base de patadas, sablazos y balazos). La mayor parte de los participantes eran ancianos y niñas y niños que, llegado el momento, cantaron a todo pulmón La Marseillaise. La verdad es que fue un momento un tanto emocionante, pues por razones muy distintas (unos comenzando y otros terminando la vida) se unieron en una única melodía.
Cuando acabaron, me di cuenta de que me había olvidado de mi deseo. —Qué lindo es que no pase nada. Nada de nada —me dije antes de irme.











