Los belgas en el Titicaca

Esta es una crónica de un viaje con arqueólogos belgas a las profundidades del lago Titicaca.
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Es una madrugada de invierno de 2014 y mis padres, Juana y Raúl, esperan afanosos a los cineastas belgas en el aeropuerto de El Alto. La bienvenida a estas tierras es un poco hostil; a esta hora hace mucho frío, la cabeza se desinfla por la altura y la falta de oxígeno obliga a que se piense dos veces antes de caminar. 

Por si eso no es suficiente, a los invitados les toca una revisión minuciosa por parte de los aduaneros; parece que estos verifican si todos los calcetines tienen su par. Al poco rato, un buen abrazo de bienvenida de los anfitriones deja atrás todas esas diligencias logísticas. Los tres aventureros ya pueden comenzar sus peripecias fílmicas en nuestro país.

Omar es el sonidista, viejo lobo de mar de ascendencia española y el más sensible y cariñoso de la tropa. Es un revolucionario de lo cotidiano; cada uno de sus actos, desde el vestir o comer, es contestatario. Fabrice, fotógrafo y camarógrafo, es un galán, de voz tranquila y gestos medidos con precisión milimétrica. Se pasa el día disfrutando el presente; para él cualquier momento es digno de un café y cigarrillo. 

Fred es el clásico director de cine: vive rodeado de miles de ideas, proyectos y, sobre todo, problemas. Es increíble cómo una persona que tiene que resolver tantos inconvenientes, vive con una sonrisa dibujada en el rostro. Es claro que su entusiasmo y optimismo mantienen a flote al equipo. Tiene el don de la palabra, sabe organizar, convencer y concertar, pues difícilmente se sobrevive en su rubro sin un buen carácter.

No es la primera vez que este equipo pisa tierras bolivianas, ni la primera que filma aquí. En 2006 produjo el documental "Los olvidados del volcán Ollagüe", que trata sobre un grupo de mineros que explotan azufre en una inhóspita mina potosina. En 2009 rodó "Tras los pasos de los Kallawayas", en el que los documentalistas acompañan a los curanderos andinos desde su comunidad hasta Cuzco, Perú.

En esta ocasión forman parte del "Proyecto del Lago Titicaca", que fue concebido y financiado por el Ministerio de Culturas boliviano, la cooperación belga y la Universidad Libre de Bruselas. Entre los tantos objetivos que tiene esta iniciativa hay dos fascinantes: la prospección arqueológica del lago y el reportaje audiovisual de tal faena. Los aventureros tienen entonces la tarea de producir un documental y videos de apoyo de todas las actividades.

Fred, Fabrice y Omar se organizan un par de días en la casa de Juana y Raúl. Son prácticamente familia, se ven casi cada año ya sea en Bolivia o en Europa. Los une el amor por los viajes y son eternas sus charlas sobre aventuras en parajes asiáticos o africanos.
 
Los realizadores pasan el tiempo probando las configuraciones de los equipos. Todo tiene que funcionar correctamente ya que tendrán pocos días de filmación y saben que en el lago es imposible encontrar accesorios o soporte técnico. Como documentalistas deben estar listos para filmar en cualquier condición y en cualquier momento.

Aproveché que se alojaron en casa de mis progenitores y los convencí de que me traigan al viaje como asistente de producción, es decir, como curioso. De ese modo, ahora navegamos por el lago hacia el campamento en la Isla del Sol, donde están sus compatriotas y otros europeos que forman el equipo de expedición. 

Antes de llegar, y a modo de aprovechar la luz de la tarde, visitamos el arrecife de Khoa. Ahí están los buceadores, presurosos, trajinando los tubos de oxígeno. Sumergirse al lago a una altura de más de 3.812 metros sobre el nivel del mar es un gran reto para ellos. Tienen que realizar el procedimiento con muchísima más calma que en tierras bajas; saben que la presión les puede jugar una mala pasada y que al menor error volverían a casa en un ataúd.

Al poco rato, por fin conozco al famoso Christophe Delaere, el coordinador general de los arqueólogos. Este se codeó con todas las autoridades gubernamentales del país y su nombre fue sellado en casi todos los medios internacionales. Es más joven de lo que imaginaba. Me saluda con un abrazo y un efusivo "hola hermano". Me quedo mudo. Es muy raro que un extranjero utilice esa expresión tan latina.

Mi mala costumbre hace que observe cómo su abultada panza no concuerda con lo delgado de su cuerpo. Él, amablemente, rompe el hielo y dice que es su orgullo por la deliciosa cerveza belga. Charlamos y armamos cigarrillos unos minutos. Su excesivo consumo de tabaco demuestra la enorme carga de nervios que produce dirigir una empresa como esta. Christophe no solamente está a cargo de coordinar hasta el más mínimo detalle de las tareas científicas, además tiene que velar por el alojamiento, alimentación y transporte de sus compañeros.

También me presentan a Marcial, el único buceador boliviano en el equipo. Tiene un conocimiento casi natural de la cultura incaica y tiwanacota. Es el mejor enlace para que el proyecto funcione bien, pues, por un lado, es un garante para que los investigadores cumplan con sus compromisos con el país y, por otro, es experto en el trato con las personas que viven en las comunidades.

Los belgas no son los primeros extranjeros con ganas de descubrir los secretos del lago Titicaca; japoneses, norteamericanos y franceses ya bucearon en estas frías aguas. El conocido explorador Jacques Cousteau realizó una de las expediciones más famosas gracias a su serie televisiva llamada "El mundo submarino". Llegó a finales de los sesenta y fuera de hacer un superficial análisis de nuestra cultura, se dedicó a investigar las ranas gigantes que ahora están al borde de la extinción. Ya en esa época el francés descubrió que la introducción de truchas hacía peligrar al resto de la fauna del lago.

El equipo de Christophe debe ser uno de los primeros que está bajo las reglas plurinacionales. Al contrario de sus predecesores, no puede escarbar indiscriminadamente ni mover ningún objeto arqueológico sin el permiso de las comunidades. 

Por eso, Christophe se esfuerza de forma impresionante; aprende a hablar español e incluso tiene un conocimiento básico de aymara. Participa activamente de todos los rituales y reuniones. Comprende muy bien que es vital  ganar la confianza local para la salud del proyecto. 

La comunidad aceptó que los belgas buscaran tesoros a cambio de que todo se quede en la zona, esperando que el turismo sea un soporte económico. Se hablaba de un museo subacuático, cuyo proyecto sigue empapelado buscando financiamiento.

En la noche llegamos al campamento. Aquí conozco al resto de los integrantes y siento un poco de vergüenza por no seguir el detalle de sus conversaciones sobre la investigación. Admito que soy un ignorante en el área, mis referencias son prácticamente nulas. 

En mi cabeza los arqueólogos están a punto de descubrir una ciudad perdida debajo del lago y llena de oro. Pero la realidad no es tan fascinante. Pasamos el resto de la velada viendo fotografías de mapas, vasijas y ofrendas. Para los europeos los ritos ceremoniales, que realizan los comunarios de la zona, son algo único y novedoso, mientras que para nosotros son actividades relativamente comunes.

Es nuestro segundo día en la isla del Sol y comienza la odisea. Nos aprestamos a navegar durante casi una semana por los distintos sitios filmando las diferentes actividades. 

No pasamos ni diez minutos en el barco y mi sistema digestivo comienza a sufrir con el ir y venir de las olas. En completo silencio, me muevo de aquí para allá en busca del lugar más estable del barco. La parte de adelante parece ser mi salvación, pero los fuertes rayos del sol andino no perdonan así que retorno a cubierta. El equipo de filmación no para de reír con mi sufrir, finalmente se conmueve y desembarcamos en tierra firme. 

Vamos a una especie de sede social, donde están Marie-Julie, Aline y Alexandra, las únicas tres mujeres investigadoras que vinieron del viejo mundo. Pasan sus días lavando, limpiando y dibujando las piezas que encuentran debajo del agua; es un proceso arduo y delicado que permite largas conversaciones.

Ya es el cuarto día de navegación y la situación se vuelve un poco crítica. La verdad es que los arqueólogos no encontraron objetos atrayentes y se siente la inquietud de Fred, el director del documental. El tiempo corre en su contra, y necesita organizar la historia del documental para darle emoción. Sería genial pillar un tesoro para la película, algo que pueda brillar frente a las cámaras, pero no encontramos mucho. Del lago salen un par de incensarios, huesos de llama y restos de cerámica.

Como comparto el cuarto con Omar, el sonidista, todas las noches hacemos un repaso a las grabaciones del día. Me contagia su emoción al captar los más mínimos detalles sonoros. La oscuridad nocturna ayuda a recrear ambientes con tan solo escucharlos; es un juego descubrir los sonidos de las aves o del agua que golpea las piedras. 

Con Fred conversamos mucho sobre el proceso de postproducción. Ya imagina las animaciones y los diálogos que acompañarán su filme. Me confiesa que tiene un poco de envidia por el hecho de que los directores de documentales no tengan el mismo peso que los de cine de ficción. Tiene razón, con excepción de uno o dos nombres, la mayoría de los documentalistas pasan desapercibidos para el público en general.

Me voy acostumbrando más al oleaje y a la idea de que la arqueología tiene muy poco de aventura. Se necesita mucho dinero, tiempo, paciencia y suerte para descubrir algo que sea admirado por el mundo entero. Con decir, que pasarán casi cinco años hasta que todo este trabajo se vea publicado en una revista científica.

Nuestro tiempo en el lago se termina y la última tarde concuerda con una fiesta en Challa, una de las tres comunidades de la Isla del Sol y  que está a unos veinte minutos a pie de nuestro campamento. Tengo miedo de participar porque no podré esquivar los tragos y recién estoy haciendo las paces con mi estómago que tanto sufrió en las embarcaciones.

Me quedo en el refugio con los miembros del grupo que no quieren combinar un dolor de cabeza con el viaje de madrugada. Entre ellos está Manu, el cocinero parisino que hace también de psicólogo del grupo. Estar alejados tanto tiempo de sus familias hace que para muchos la nostalgia se traduzca en tristeza. Por eso, además de escuchar atentamente todos los pesares, y como parte de la terapia, Manu los consiente con los sabores de sus tierras.

El sol está por esconderse y vemos que la fiesta ya tiene su primera víctima: un anciano que de tanto zigzaguear por el camino acaba tendido en el piso. Lo cargamos en hombros y nos indica vagamente su casa. Logramos hacerle descansar en su cuarto, pero él apunta insistentemente a una cajita de cartón que tiene varios discos con videos del carnaval pasado. Tontos nosotros, pues su plan es continuar la fiesta. Por suerte llega su esposa para poner orden y nos liberamos con más tranquilidad. Nos vamos a alistar para partir en unas horas.

Antes de volver a su tierra, los documentalistas y arqueólogos aprovechan algunos días para hacer turismo y comprar un sinfín de souvenirs y chucherías en la ciudad de La Paz. Uno de los franceses, Berenger, está enamorado de los carritos en los que venden jugo de naranja y toronja recién exprimido en un artefacto de metal. No lo piensa dos veces y mete una de esas aparatosas exprimidoras en su mochila rumbo al viejo continente.

La expedición se cierra en un restaurante de Sopocachi, donde degustamos un fondue de carne de llama, probablemente la mejor fusión de la comida boliviana y europea. 

A punto de acabar la noche y con la sinceridad de las veladas, una arqueóloga boliviana que supervisa el proyecto me dice, con cierto desprecio, que casi todos los arqueólogos extranjeros que bucearon en el lago en el siglo pasado eran huaqueros, una forma andina de decir a los saqueadores de restos arqueológicos. 

Me deja pensando y recuerdo como los grandes museos europeos están llenos de objetos saqueados de otras culturas. Sin ir muy lejos, hace poco y gracias a enormes esfuerzos diplomáticos, el país recuperó la robada Illa del Ekeko que pertenecía a Tiwanaku. Dudo de que algo así haya sucedido en esta ocasión. Siento, tal vez inocentemente, que la visión europea sobre nuestro continente ya no es tan colonial; además teníamos a Marcial protegiendo nuestro patrimonio.

Meses después vuelvo a encontrar a casi todos los belgas en su querida Bruselas. Los chistes y las historias bailan al calor de esas tremendas cervezas, que, definitivamente, inflan la panza de cualquiera. Esta noche la alegría logra convertir las horas en minutos. Entre sonrisas y abrazos me doy cuenta que el verdadero tesoro, al menos para mí, no estaba escondido en el fondo del lago.

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