El ladrón de cerebros

Este es un cuento corto sobre dos amigas que sufren la horrible experiencia de un robo.
Tiempo de lectura estimado : 20 Minutos, 17 Segundos

[ 1 ] Hoy viene la Claudia

Qué flojera. Hoy viene Claudia. No sé por qué se me ocurrió invitarla en domingo. Sobre todo, después de esta semana tan cargada. Podría quedarme en cama hasta las tres o cuatro de la tarde, pero no, tengo que preparar ese bendito pastel de quinua que le prometí.

Además, no sé ni de qué hablar. Para todos es tan fácil conversar de cualquier cosa. Yo tengo que planear todas mis conversaciones. Debo tener presentes todos los detalles de un encuentro; si no, me quedo muda y me desespero. Por ejemplo, sé que Claudia detesta hablar de cine o de series. Siempre me sale con alguna pavada y esquiva el tema. Es muy raro que seamos tan amigas porque ambas cosas me fascinan. Por lo usual me dice algo como “no tengo tiempo para ver”, me habla de las únicas tres películas que vio en toda su vida o, simplemente, se hace a la loca y cambia de tema.

Mientras más lo pienso, menos entiendo por qué seguimos siendo amigas. Ya cruzando los cuarenta no es tan fácil conocer gente nueva o, si la conoces, tiene su vida hecha; posee su familia, su círculo social. Es muy difícil hacer una amistad de viejos porque ya la rutina toma forma. Recuerdo que, cuando era pequeña, solo necesitaba preguntar “¿quieres ser mi amiga?”, y eso bastaba para formar una amistad. Luego regalaba una flor, una basurita o cualquier cosa que encontraba y ya éramos las mejores amigas de la vida. Ahora bien, Claudia tampoco es una persona horrenda. Como amiga está relativamente presente y nos hacemos compañía. Ella me ayudó mucho con lo del idiota de Ricardo.

Bueno, tengo que planear la charla. Lo primero es recordar las cosas de las que ya hablamos para evitar redundancias; además, para que no me diga que nunca la escucho. Así que lo de la enfermedad de su madre y el problema de comunicación que sufre con su hermana los puedo descartar. En todo caso, es posible usar esos temas para calentar la conversación: “¿cómo ya está tu mamá?”, por ejemplo, sería un gran inicio.

Después, tengo que pensar en las cosas que le interesan actualmente. Esa maestría que está cursando, no recuerdo bien en qué, algo de ventas o de administración. Después la deuda que pronto terminará de pagar. Creo que en siete cuotas ya se libera o acaso ya lo hizo; no sé, que ella explique. ¡Ah, sí!, no puedo olvidar lo más importante: el tema de su bendita depresión. Aunque la verdad es que voy a tener que actuar un poco hipócritamente porque no entiendo cómo una mujer con tantas cosas puede sentirse deprimida. Lo siento, pero no me conmueve la gente con plata que se deprime. Tal vez en verdad se sienten así, pero al menos pueden ocultarlo comprando cosas o viajando. Si pudieran ver las libertades que ofrece el dinero podrían encontrar rápidamente la felicidad. Seguramente digo esto porque la falta de plata me deprime constantemente y no puedo imaginar una situación opuesta. Yo vivo ajustando mis deseos a la paga mensual; Claudia, en cambio, compra estupideces tres veces por semana.

Con todo, siendo realistas, tampoco puedo hacerme a la pobre, puesto que disfruto de comida y de agua caliente todos los días. ¿Para qué quiero más plata? Me procuro mis gustitos y con eso soy feliz. Me gustaría viajar a conocer algunos lugares, pero la posibilidad me provoca ansiedad. Cuando estoy lejos solo pienso que en cualquier momento volveré a mi rutina. El tiempo pasa tan rápidamente que las dos o tres semanas de vacaciones parecen tan solo un par de horas. Es una curva de emociones que me cuesta mucho tiempo y dinero. Tanto ajetreo para obtener un par de fotos y tres anécdotas.

Claudia, Claudia, Claudia. Yo creo que vamos a agotar el tema de su maestría en dos patadas. Seguro me dirá que es la mejor estudiante y que todos en clase la admiran. Me pregunto si de verdad cree lo que su ego le sopla. Bueno, seguro que no, por eso anda tan deprimida. El problema de su deuda también será un tema de conversación fugaz. Por consiguiente, toda la charla caerá sobre su depresión. Me preocupa que se ponga a llorar y luego me abrace. No es que no la quiera. Le puedo dar un abrazo en cualquier momento, pero sucede que en esos casos siento que debo decir algo, y no me gusta dar consejos. No los tengo ni soy un ejemplo de persona a seguir. Me quedo muda y provoco un momento incómodo para las dos.

Ilustración de Oscar Zalles
Ilustración de Oscar Zalles

La última vez me contó que deseaba tener un hijo. Y claro, yo, Inés la bruta, dignísima representante de la Casa de la Real Estupidez, no pude decirle mejor cosa que “pero adoptá”. Olvidaba que la pobre ya lo había intentado y en ese empeño la habían destrozado. Le dijeron que, como no tenía marido, no podía probar que era emocionalmente estable. Le señalaron que, a su edad, seguro era la menopausia hablando. Le explicaron que, con esa autoestima tan baja, sería un peligro emocional para la criatura y que mejor buscara una mascota. Lo peor es que todo eso se lo dijo otra mujer. ¡Pero qué digo! Eso les fascina escuchar a todos los hombres: “era otra mujer la que dijo eso”, como si las mujeres no tuviésemos derecho a comportarnos como idiotas.

Pobre Claudia. Ahora que lo pienso, creo que las dos charlas que mantuvo con la señora del centro social de adopciones la mataron moralmente. Y claro, a mí, Inés la duquesa de la Gran Boca y del Poco Cerebro, se me ocurre decirle “eres simpática, por qué no vas a un bar y consigues al padre esa misma noche”. Por supuesto, logré que llorara. Hubiese preferido que me pegara un lapo y se fuera de mi casa ante tan desatinado comentario. ¡Qué difícil es para mí consolar a la gente! No sé cómo pedirles que se calmen. Mientras más lloran más me hundo por dentro y me entran ganas de salir corriendo.

Pensándolo bien, en cuanto al tema de los hijos, lo único que hice fue reflejarme en ella. Soy yo la que tampoco se animó a tenerlos, pero en mi caso fue por flojera; me gusta lo cómodo, lo sencillo. Si bien anhelo algo más; capaz me hubiese gustado formar una familia y recoger a los chicos de la escuela en las tardes, hornear pasteles y escuchar sus aventuras. Aunque seguramente no es tan romántico. Probablemente los padres pasan sus días intentando que sus criaturas no se maten entre ellas.

¡Caramba! Ya son las once y no voy a alcanzar a hornear ese pastel si no comienzo ahora. Voy a llamar a mi madre para conseguir la receta, aunque seguramente se va a poner a hablar pestes de mi pobre padre. ¿Por qué todo se resume a hablar de relaciones en mi vida? Nadie me habla de películas o de series. Todo forzosamente debe ser una telenovela de la realidad. Hay uno que otro chico que me habla de películas, pero sus verdaderos motivos son patéticamente románticos. ¿Pensarán de verdad los chicos que porque conocen los nombres de todos los actores y directores una se va a acostar con ellos? ¡Pero qué sé yo qué pensarán! Apenas sé lo que yo pienso y tampoco creo mucho en mí misma. ¡Dale, Inés, dejá de pensar y ponte a preparar ese pastel!

[ 2 ] La empresa de seguros

No hay nada peor que una empresa de seguros. No soy una comunista, pero tampoco me meten el dedo en la boca. Estas empresas son una horrible construcción de los capitalistas que ya no saben qué más vender. Ahora bien, ¿qué porquería vende esta gente? ¡Miedo! ¡Eso es lo que te venden! Por eso los vendedores de seguros vienen presagiando catástrofes. Te sonríen mientras te dicen que tu casa se va a incendiar o inundar, o que una teja del techo va a caer sobre la cabeza de tu anciana madre mientras te visita. Alguien me refirió que la mafia italiana fue la que inventó estas compañías, a modo de institucionalizar aquel negocio referido a que si no les pagabas te destrozaban la casa o la tienda.

Espero a Claudia, quien se concentra en explicar al agente de seguros que, mientras almorzábamos, alguien había robado el cerebro de su auto, parqueado afuera de mi casa. Por lo menos el almuerzo estuvo rico. El pastel de quinua que preparé no estaba nada mal. No quedó seco, seguramente debido al queso de los menonitas, que viene cada vez más aguado. Esos menonitas, ¡tremendos hipócritas! Labran la tierra con picotas de madera, pero por la noche están pegados a los teléfonos celulares que esconden bajo sus almohadas. Es que tampoco se puede vivir sin tecnología. ¿De dónde sacaron esa tonta idea de que todo lo pasado fue mejor? La nostalgia no es más que un engaño, una fantasía. Nuestras cabezas se ven obligadas a filtrar solamente lo lindo de los recuerdos porque, si no, viviríamos solo con traumas.

La tecnología está tan avanzada que hasta el auto de Claudia tenía un cerebro. No entiendo; ¿para qué le ponen un cerebro a un auto? No tiene mucho que pensar. Va para adelante, para atrás, gira a los costados y punto. Con un par de palancas y un volante es más que suficiente. ¡Pero no, hay que inventar pavada y media! Además, un auto con cerebro debería ser lo suficientemente inteligente como para no hacerse robar. Por supuesto, no es un cerebro. Probablemente es solo un circuito, pero a los vendedores de hoy les fascina inventar términos. ¿Cuán inteligente puede ser una televisión o un refrigerador? ¿Cuántas opciones le puedes poner a un reloj además de marcar la hora?

Seguro la bruta soy yo. Estoy vieja, tengo cuarenta y siete años, soltera y sin hijos. ¿Qué más puedo hacer sino pensar bobadas? A mi edad debería estar preparando a mis crías para ir a la universidad, vivir en alquiler o sacar un préstamo, y precisar los planes de vida. Cómo comportarse en la oficina, cómo saber si una pareja es buen partido o no. Consejos, consejos y más consejos. Claro que no sé con qué cara los padres se atreven a dar consejos; son peor que los menonitas con el celular.

Parece que Claudia ya va a salir. La cara que trae no es de buenas noticias. Es un hecho, se quedará sin auto por un tiempo. ¡Qué tragedia: voy a escuchar sus lamentos por lo menos durante dos semanas! Seguro que nuestros ancestros se quejaban igual cuando se arruinaba la rueda del carruaje o cuando el caballo se enfermaba y no podían salir de sus casas. Al menos en esas épocas debían resolver el problema ellos y no implorar ayuda a estas aseguradoras. Tampoco eran tiempos mejores, todos tan pequeños y malnutridos que se morían a los treinta con una gripe. Claro que soy una petisa quejona de cuarenta y tantos. Pensándolo bien, sí eran tiempos mejores.

[ 3 ] El barrio de los rateros

No entiendo por qué sigo siendo amiga de Inés. Mejor dicho, no sé porque me aguanta tanto. A veces pasamos horas hablando de mis problemas y casi nunca le pregunto a ella cómo se siente. Es excelente escuchando, pero no habla mucho. Pareciera que vive encerrada en su cabeza, aunque siempre está atenta a lo que ocurre a su alrededor.

Creo que la uso como un basurero de mis emociones, pero ella tampoco me pone un tope. Sabe que cuando comienzo con mis dramas no puedo parar de hablar. La quiero, me acostumbré mucho a ella y a sus silencios, aunque últimamente su trato se volvió un poco frío. Tal vez la estoy aburriendo con mis problemas. Ahora parece que, con el robo del cerebro del auto, por lo menos vamos a distraernos juntas.

Pienso y reniego. ¡Por Dios! ¡A quién se le ocurre robar el cerebro de un auto que solo sirve para ese auto! Los rateros tampoco son gente muy inteligente; si lo fueran, no serían rateros. En las películas los romantizan haciéndolos ver interesantes y perspicaces. En la vida real son gente desesperada que no sabe qué hacer. Viven pensando en las posesiones del resto, temiendo ser atrapados, sin alegría; siempre nerviosos, siempre al acecho desde las sombras. Jamás existirá un ratero feliz, aunque quizá solo expreso mi deseo por la rabia que les tengo. Probablemente ellos son muy felices, y yo, la única desdichada en este planeta.

El miércoles pasado fuimos a los talleres de automecánica de la cancha Zapata. Un señor que estaba con nosotras en la aseguradora nos aseguró que, normalmente, ese era el primer lugar al cual ir a buscar autopartes robadas. Ahora bien, ni Claudia ni Inés fuimos muy sutiles con los vendedores; les preguntamos directamente si habían robado nuestro cerebro. Ellos, muy ofendidos, nos mandaron a rodar con gritos e insultos. Con todo, el mayor de todos, que se veía muy sereno, se acercó a nosotras y nos aconsejó ir a buscar al Barrio Chino.

Ese nombre contiene una mentira doble: no hay un solo chino ni tampoco es un barrio. Es una calle de una sola cuadra que funciona en horarios de oficina, de nueve a seis. Se encuentra atestada de gente que vende cosas robadas a precios de gallina muerta. Fácilmente puedes encontrar una cámara último modelo al lado de una licuadora o de una llanta de bicicleta. Eso sí, como el lugar está lleno de ladrones, es muy posible que te roben. Dicen que debes llevar tu dinero escondido en la ropa interior, nada de llaves ni documentos, y mucho coraje.

Inés muestra más valor que yo, o quizás tiene menos que perder en esta vida. Fue la única de las dos que se atrevió a cruzar el Barrio Chino en búsqueda del cerebro de mi auto. Nos encontramos al otro lado de la calle y me dijo que la experiencia no fue tan grave como la imaginábamos. No encontró el cerebro, pero sí una linda tetera que parecía una de esas caras antigüedades polacas, por sus finas decoraciones blancas y azules. La inscripción de “hecho en China” fue la última de las malas noticias de esa tarde.

Ilustración de Oscar Zalles
Ilustración de Oscar Zalles

Al día siguiente fuimos al lugar donde debimos haber comenzado a buscar: la feria de El Alto. Ese lugar parece una ciudad entera dedicada al comercio informal. Es tan grande que visitar toda la feria tomaría al menos un par de días. Creo que no existe producto en la faz de la tierra que no haya estado al menos una vez en El Alto. Para nuestra desdicha, ese lugar es informal pero no criminal, así que las cosas robadas solo aparecen de madrugada y en zonas muy específicas.

Esta vez no fui cobarde y estuve con Inés durante todo el trayecto. No tuvimos suerte. Comienzo a creer que el cerebro está destrozado en algún basurero o flotando en algún río contaminado. Seguramente el ladrón se dio cuenta de que no le servía para nada ni podría venderlo a otra persona que no fuera yo. Me imagino que se deshizo de la evidencia, como esos criminales que tiran el arma después de victimar a alguien.

Al menos pudimos disfrutar un poco de la feria. Me gusta ver cachivaches y antigüedades. Me hacen recordar a mi madre, ella podía pasar su vida entera viendo cosas. No necesitaba comprarlas y tenerlas como adornos, su gusto se reducía a verlas. Le fascinaba descubrir a la sociedad a través de los productos más extraños que la misma producía. Imaginaba mil historias al ver lámparas de mina o sombreros raros. Así, recordaba a su padre cuando veía pipas y a su madre al mirar jeringas de vidrio. Yo no sé con qué objeto la asociaría a ella; probablemente, con alguna miniatura.

[ 4 ] La trampa

—Claudia, creo que no queda más opción que esperar que la aseguradora haga traer el repuesto. Ya hemos ido por todo lado y el cerebro no aparece.

—Me da rabia, ¿sabes? Tampoco era un gran auto, pero era mío y ya me había acostumbrado a él. Recién ahora que no funciona comienzo a extrañarlo y eso me provoca impotencia. No es la primera vez que me quitan algo; ya van como cinco carteras, tres celulares y ahora esto. Ya basta, es un círculo vicioso. Seguro que rateros, policías, aseguradoras y talleres mecánicos se encuentran combinados y todos mastican un poco de la torta de nuestras desgracias. Me cansé de que seamos siempre las pobres víctimas y permanezcamos toda nuestra vida dentro del sartén, mientras cualquier idiota agarra el mango. Es hora de que hagamos algo, no sé qué, pero algo.

Y así fue como Claudia, con un mediocre discurso, logró convencerme de atrapar al ladrón de cerebros. El plan era muy sencillo: debíamos reeditar las mismas condiciones del primer robo y vigilar la escena hasta que el ladrón repitiera el acto. Un rayo no cae dos veces sobre el mismo lugar, pero estábamos seguras de que varios ratones caen fácilmente en la misma trampa.

Le pedimos a un amigo que nos prestara su auto los domingos para usarlo como anzuelo. La idea era repetir tiempo y lugar. Claudia llegaba cerca del mediodía a mi casa para almorzar y dejaba el auto parqueado cerca de la entrada. Después, nos quedábamos clavadas en la ventana, esperando a que el malhechor apareciera para atraparlo.

Un plan tan sencillo no podía fallar. Cuando una explica mucho se enreda y se complican las situaciones. Claro que, también, se trataba de un plan bastante aburrido. El primer domingo fue el peor; estuvimos como tontas charlando, comiendo y mirando a través de la ventana cada diez minutos. El segundo domingo apuntamos hacia el auto la cámara del teléfono de Claudia y pudimos almorzar en la mesa vigilando las imágenes desde el mío. El tercer, cuarto y quinto domingo fueron idénticos al segundo. Como estábamos aburridas de no atrapar al ladrón y de pasar todos los domingos juntas, decidimos que en dos semanas suspenderíamos nuestra tonta misión.

Para nuestra sorpresa, el sexto domingo fue el vencedor. Media hora después de dejar el auto en la calle pudimos ver a un tipo muy extraño acercarse. Fue increíble cómo logró abrir la puerta del auto en cuestión de segundos, tan increíble que parecía un acto de magia y nos quedamos congeladas por la sorpresa. Acostumbradas a que no pasara nada, cuando algo sucedió no sabíamos qué hacer. Claudia despertó del shock y salió corriendo, agarrando lo primero que encontró en el taburete. Era un martillo de esos pequeños que sirven para colgar cuadros. Yo bajé las gradas detrás de ella sin ningún arma y con más susto que decisión.

Ilustración de Oscar Zalles
Ilustración de Oscar Zalles

Salimos por el portón del edificio a toda velocidad para atrapar al ratero y lo pillamos con las manos en la masa. Fue una sensación muy extraña, yo esperaba ver a un monstruo con el rostro desfigurado y maloliente, algo así como un animal que escarba comida en los basureros. Sin embargo, era un tipo que fácilmente podría pasar como amigo nuestro. Lucía una camisa blanca bastante limpia, lentes de esos que no tienen marco, una chaqueta de cuero donde indudablemente escondía todas sus herramientas de trabajo y unos pantalones de pana. Se veía tan pulcro que no pudimos actuar con violencia; pegarle un martillazo no parecía apropiado. Claudia le gritó “¡oye, ¡qué haces!”. Yo la miré con sorpresa, porque sabíamos muy bien qué era lo que estaba haciendo.

El ratero aprovechó nuestra sorpresa y salió corriendo por la parte de atrás. Era demasiado rápido, hubiese sido inútil correr detrás de él. En ese momento nos dimos cuenta de la ingenuidad de nuestro plan, no sabíamos qué hacer con el ladrón si lo atrapábamos. ¿Matarlo? ¿Amarrarlo y denunciarlo? Creo que queríamos agarrarlo y nada más, sentar presencia ante su fechoría. Un poco como esos pescadores que solo se dedican a destrozar las bocas de los pescados con sus anzuelos, para luego devolverlos al mar. Lo único que necesitábamos era sorprenderlo ahí, en el acto, y decirle “estamos aquí, esta vez no nos robarás”.

Y sí, fue un fiasco, la situación no servía ni para anécdota. Lo que hicimos no tenía pies ni cabeza. Nos miramos a las caras y nos dimos cuenta de que el ladrón no solamente había robado el cerebro del auto, sino también los nuestros.

[ 5 ] Nos han robado todo

Hace ya casi medio año que no sé nada de Claudia. Lo último que me dijo fue que la aseguradora apuró los trámites y pudieron reparar el auto. Además, me contó que estaba saliendo con un extranjero que tenía dos hijos. Recién estaban comenzando a salir, así que debían mantener su relación en secreto ante los chicos. Debe ser difícil balancear el amor de pareja con el de familia. Claudia tiene todas las de perder; ella puede encarnar un gran amor, pero eventualmente eso se desgasta. Los hijos, en cambio, son para siempre.

Quisiera decir que la extraño, pero la verdad es que no es así. Creo que el único recuerdo que perdura de nuestra amistad es justamente el del ladrón de cerebros. Sigo sin entender en qué estábamos pensando cuando quisimos atraparlo. ¿Qué le íbamos a decir?: “¿señor, ¿por favor nos puede devolver lo que se ha llevado sin permiso?”. Qué suerte que el tipo no fuera un violento, que quizá nos lastimaba. Al final, no nos pasó nada. No sé si los rateros tienen tiempo para pensar en venganzas. Seguro viven soñando con las posesiones de sus próximas víctimas.

Me parece raro que cada vez tenga menos amistades con las que conversar. Admito que me da un poco de miedo. Espero no acabar como esas señoras que la detienen a una en el autobús y le comentan cualquier cosa, solamente para mantener la compañía. No sé si la vida ofrecerá finales tan silenciosos. Cualquier día voy a despertar en una casa de ancianos, donde al menos dedicaré mi tiempo a contar esta y otras tontas historias a todos los que encuentre en el lugar.

Es el momento en el que debería conseguir una mascota para canalizar mis emociones, pero no aguanto a los perros ni a los gatos. Me iría mejor con uno de esos reptiles grandes o con una tortuga, aunque esos animales parecen no tener sentimientos; son como plantas que se mueven buscando el mejor lugar para recibir el sol. Pensando en esos bichos, recordé que hace dos semanas maté el pequeño cactus que tenía en mi mesa de noche por echarle demasiada agua.

Crece mi antojo por comer pastel de quinua. Mañana llamaré a mi madre para que me recuerde la receta, aunque estoy segura de que terminará hablando mal de mi padre.

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