De los romanos, su Julio César

Topógrafo autodidacta, Julio César Romano fue parte de Nuevos Horizontes, comunidad teatral liderada por Líber Forti en Tupiza. Bailaor, poeta, marica, su vida no fue fácil, menos cuando la dictadura se ensañó con seres libres como él. En esta crónica finalista del concurso nacional Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, Leaño Martinet lo revive y uno lamenta no haberlo conocido y abrazado.
De los romanos, su Julio César

Gracias a la incansable Revolución Industrial, muchas minas de los alrededores de Tupiza, un pintoresco poblado al sur de Bolivia, se tornaron atractivas para las inversiones. Tras la aparición de los ferrocarriles se acortaron las distancias y, durante la segunda mitad del siglo diecinueve, Tupiza experimentó una explosión demográfica con el arribo de extranjeros que llegaban en busca de esas piedras que conceden tantas alegrías.

Rápidamente, el pueblo se convirtió en un gran centro comercial para la actividad minera que lo rodeaba, pero lo extraordinario fue la génesis de una profusa actividad cultural. La intensa circulación de viajeros posibilitó el acceso a formas artísticas de otras regiones, siendo probablemente la música la más destacada y la que aún perdura. Es muy raro encontrar a un tupiceño que no disfrute fervientemente de la guitarra y del canto.

Entre los artistas más relevantes y cautivadores llegados a Tupiza durante los años veinte del siglo pasado, destaca el argentino Liber Forti. Vino muy pequeño a la tierra que le enseñó a leer y escribir, y en donde su familia halló refugio tras escapar de las represiones políticas desatadas en su país natal. El padre, un anarquista, montó una librería y una imprenta llamada “Renacimiento” para sustentar a la familia. Los Forti fueron rápidamente aceptados en la sociedad y las ideas del padre eran escuchadas atentamente en los coloquios vecinales.

Desde niño, Liber mostró gran inquietud por el teatro y las ideas políticas de su progenitor. Devoraba los libros de la librería familiar y, gracias a su gran carisma, pronto trabó amistad con cuanto artista hubiera en Tupiza. Ya en su juventud, conformó el grupo “Nuevos Horizontes”, que se convertiría en un referente de las artes escénicas nacionales. El grupo se mantuvo activo entre 1946 y 1961, realizando giras por varias ciudades bolivianas e incluso algunas chilenas y argentinas. Nuevos Horizontes era bastante diverso y muchos de sus integrantes lo dejaban y volvían, pues la actividad teatral raras veces ofrece una forma de vida económicamente estable.

El aporte del grupo se produjo en dos sentidos. Por un lado, era notorio el esfuerzo por realizar presentaciones populares, dado que el elenco viajaba a muchas minas y poblados vecinos, lugares en los que raramente se realizaban este tipo, o cualquier otro, de presentaciones artísticas. Por otro lado, sus obras estaban teñidas de un fuerte contenido social, puesto que denunciaban las terribles condiciones laborales en las que campesinos, obreros y mineros llevaban adelante sus tareas.

Claro que muchas representaciones artísticas de la época tendían a exagerar, y aun a caricaturizar, las relaciones entre un cruel sistema, un terrible patrón y los trabajadores, víctimas de ambos. Imagino, a mucha distancia y con miopía, que eso se debía a que muy pocos de los artistas eran efectivamente víctimas de tales desgracias: su conocimiento de los hechos provenía, mayoritariamente, de su papel como observadores. Además, pese a sus honorables intenciones, no podían evitar asumir un tono paternalista. Los verdaderos afectados por esos atropellos se encontraban más ocupados en sobrevivir que en escribir un poema, una melodía o una obra que representara su realidad.

Con el tiempo, Líber pasó de líder teatral a sindical: se alejó de las tablas para participar en huelgas, marchas y manifestaciones en las que también ensayaba su carisma y elocuencia. Durante la década de 1960 el grupo desapareció formalmente, pues los integrantes más activos emprendieron otras actividades lejos de Tupiza. Como el pueblo no contaba con una universidad, los jóvenes más pudientes buscaban acceder a la educación superior en ciudades argentinas como La Plata o Buenos Aires y, si bien retornaban durante vacaciones para eventualmente alimentar el movimiento cultural, se trataba de situaciones casi anecdóticas. Uno de los integrantes del grupo que nunca se marchó y, estoicamente, decidió llevar adelante una vida en el pueblo fue Julio César Romano, personaje de tez morena, nariz aguileña, labios filosos, porte firme y peinado echado hacia atrás con elegancia.

César había aprendido de manera informal el oficio de la topografía y llegó a montar un estudio llamado “Cosmos” en el que ofrecía sus servicios. Con el tiempo alcanzó renombre, pues ese tipo de habilidades raramente se encontraban en la zona y, gracias a la ingente cantidad de proyectos mineros, nunca le faltó trabajo. Ejecutaba los levantamientos y las prospecciones para el inicio de excavaciones de minas de estaño, antimonio y cobre, utilizando una técnica muy anticuada pero efectiva. Además, era un excelente carpintero y ese fue su principal rol en el grupo Nuevos Horizontes, dado que se dedicaba a la construcción de tarimas, rampas, escenografías y demás trabajos de utilería requeridos en las obras.

Eventualmente, también le tocó representar uno que otro papel sobre las tablas, durante las giras. Sus compañeros de trabajo siempre enaltecieron su gran ímpetu y dedicación a las labores. Era, sin duda, uno de los más activos cuando se trataba de prestar apoyo o auxilio. Lo prueba la anécdota que refiere que, después de una larga noche de preparaciones, se fue a casa a continuar la faena y, cuando alguien le preguntó si seguiría trabajando, respondió: “El arte es trabajo, hasta de madrugada, ¿no?”, sin inmutarse.

No obstante, en el pueblo no todo fueron halagos hacia el hacendoso e incansable personaje. En Tupiza se tiene la manía de asignar apodos que, lógicamente, hacen referencia a una cualidad o característica personal, pero muchas veces se apunta a lo que se considera un defecto y así se alimenta la discriminación cotidiana. De tal forma, César se ganó apodos de todo calibre, como “marica”, “negro”, “mala vida” y, tal vez el más popular, “malage” (una contracción de “mala gente”).

Durante aquellos años, en el mundo occidental, comenzaban a ensayarse públicamente ciertas libertades sexuales y a formularse ideas de inclusión, pero este movimiento tardaría mucho en llegar a Tupiza, donde la presencia de César suscitaba incomodidad en la mayoría de los mayores, gente conservadora, y muchos de los chicos lo percibían con un temor que se traducía en burlas. No obstante, su trabajo, su función social y su cercanía con el arte representaban un escudo que le permitía sobrellevar el estigma de su preferencia sexual: ante cualquier intento de sorna, marcaba muy bien la línea, recalcando “ustedes allá, yo aquí”.

Cuando el grupo teatral Nuevos Horizontes pasó a formar parte de los recuerdos, a inicios de los años sesenta, César comenzó a acercarse activamente a la juventud tupiceña, acaso en el afán de repetir su anterior experiencia, protagonizada por Liber; la diferencia radicaba en que, en el caso de César, se trataba del deseo de transformarse en maestro y compartir conocimiento, experiencias y vivencias. De esa manera, inició una ardua búsqueda de discípulos, la mayoría por lo menos veinte años menor que él.

El principal punto de encuentro social de los pueblos es la plaza principal y Tupiza no era la excepción. Cuando la tarde comenzaba a convertirse en noche, se cumplía el ritual de los enamorados o de quienes buscaban pareja, aunque siempre guardando distancias, pues la sociedad era muy conservadora y recatada, y el honor femenino, resguardado con mucho recelo. Cuando un chico pretendía salir con una chica, debía pedir permiso y mostrar sus credenciales a toda la familia. Si no procedía de esa manera, se exponía a situaciones muy incómodas, como cuando el abuelo Quinteros salió a la calle empuñando un arcabuz y vociferando: “¡Jovencito, usted se está equivocando: si no desaparece le voy a llenar la espalda de perdigones!”.

Aquel rito amoroso duraba hasta cerca de las diez de la noche, cuando los varones acompañaban a las muchachas a sus hogares y luego volvían a la plaza para comenzar las tertulias. Casi todos estaban organizados en grupos como “Los Walaychos”, “Los Bambinos”, “Los Átomos”, “Los Quebradeños”, “Los Rejas”, “Los Apocalipsis” o “Los Wanders” que también realizaban actividades deportivas y espléndidas fiestas. César aprovechaba las reuniones en la plaza para acercarse a los jóvenes en búsqueda de pupilos: paseaba por todas las bancas, narrando fabulosas historias que comprendían desde el esoterismo y los desdoblamientos hasta las teorías políticas de izquierda e ideales humanitarios. Si algo le sobraba eran anécdotas que abrían los ojos y las orejas de quienes alcanzaran a escucharlo.

Allá por el año 1972, logró concentrar a una docena de chicos con quienes conformó un grupo bautizado como Iquique, en homenaje a la Cantata de Iquique, una larguísima obra musical chilena en la que se describe y denuncia una de las primeras y más cruentas masacres obreras. En aquella matanza, el Gobierno de Chile apagó la vida de unas 3600 almas –muchas de ellas bolivianas y peruanas– por exigir mejores condiciones laborales, aunque tanto la cifra como las circunstancias resultan borrosas para el rigor de la historia.

Los integrantes del grupo Iquique vivían sorprendidos por los extensos y diversos conocimientos desplegados por César. Comenzaron a organizar encuentros cotidianos en su enorme casa, muy bien decorada y llena de objetos de aquellos que inspiran historias. Raul, uno de los miembros, quedó sorprendido tanto por las ideas anarquistas como por la capacidad del dueño de casa de conseguir abundante literatura y música de avanzada en un pueblo perdido en el mapa. A Raúl le gustaba analizar las ideas políticas que dieron pie a la Revolución del 52, renegaba contra las jerarquías clericales y castrenses, sufría cuando escuchaba los relatos de la explotación laboral y de las injusticias sociales, y se emocionaba distinguiendo en las ideas socialistas una posible solución a aquella catastrófica realidad.

Además, el joven se encontraba fascinado por el modo en el que César profesaba la idea de que el esperanto debía consolidarse como un nuevo y moderno lenguaje universal; pensaba que era necesario, puesto que los idiomas existentes condicionaban de mala manera a una sociedad. Se trataba de ideas muy llamativas, que se posaban rápidamente en las mentes juveniles y curiosas, pues percibían en ellas un conocimiento revolucionario, muy distante del impartido en la aburrida academia. Hasta el presente, Raúl recuerda que la única forma de expandir el horizonte es mirar desde arriba y, efectivamente, el pueblo de Tupiza se hacía más interesante subiéndose a un techo o a una montaña.

Otro de sus pupilos, Héctor, se encontraba fascinado por las historias de la Luna, los extraterrestres y la ciencia ficción, y hasta la actualidad recuerda vivamente una extensa colección de revistas extranjeras, cuidadosamente empastadas, llenas de artículos e ilustraciones al respecto.

José Antonio nunca olvidará que esas reuniones comenzaban con la preparación de un exquisito té cebado en cáscara de naranja, canela y clavo de olor. Recuerda también a César disfrazado de torero, bailando flamenco, tocando las castañuelas y deleitando a sus invitados. Aunque su memoria se apega con más intensidad a la vez que prepararon tamales, usando un método antiguo que comenzaba con una laboriosa selección del maíz, para luego untarlo con cenizas, lavarlo y secarlo en el techo durante varios días. Después se efectuaba el molido a piedra y el preparado final con el jigote, para culminar con el hervido. Tras tantos días de trabajo, el antojo inicial con toda seguridad se había perdido, pero el gusto de la actividad se hallaba en el cuidado de la preparación.

Los carnavales constituían ocasiones muy especiales para el grupo Iquique, pues sus miembros se dedicaban durante semanas enteras a fabricar vestimentas y máscaras. Ricardo rememora ese gusto por rebrotar los carnavales de antaño, en los cuales las coplas jugaban un rol principal, mucho más importante que el baile o los instrumentos. Los muchachos memorizaban cánticos, preparaban una especie de murga y derrochaban alegría callejera durante toda la festividad. Para esas ocasiones, César se encargaba de recopilar y reproducir tonadas y bailecitos de la región; quería conservar el misticismo cultural de la zona y acuñó el lema de “revivir lo que se pierde junto con la tradición”.

Algunos miembros del grupo estaban emocionados por la música que su maestro les presentaba. Eventualmente conformaron el conjunto “Los 4 para Tupiza” y dieron varios recitales mezclando música tradicional con canciones de protesta. César siempre insistía en que la música debía tener contenido social, porfiaba con la idea de que el arte debe ser un instrumento de concientización.

Raúl recuerda que el tema de su sexualidad no era evitado en las conversaciones. Alguna vez les confió que se había vuelto homosexual durante su infancia, pasada en la soledad del campo, debido a un chico algo mayor. César reconocía que no aceptaba muy bien la vida que llevaba porque no encontraba un lugar idóneo en una sociedad que, aunque lo tolerara, en definitiva no lo aceptaba.

Estos recuerdos dibujan a César como una persona muy carismática, observadora, curiosa, multifacética, que disponía de una respuesta para todas las preguntas y que, si desconocía algún tema, no dudaba en investigar al menos lo mínimo al respecto. Muestran, sobre todo, a una persona que realizaba la noble labor de compartir el conocimiento, algo muy importante durante aquellos años, cuando la información disponible se difundía muy lentamente.

Un evento, ocurrido el 2 de septiembre de 1970, marcaría para siempre la vida de los tupiceños. Los estudiantes de los colegios habían organizado una revuelta, algunos indican que exigiendo mejores condiciones laborales para los docentes y otros aseveran que solicitando la implementación de laboratorios de física y de química. Sea como fuere, la revuelta comenzó de modo relativamente pacífico, pero se exacerbó debido a la torpeza de los diez policías del pueblo que, asustados por la turba, dispararon contra los estudiantes, alcanzando a matar a dos en esquinas opuestas de la plaza principal. La gente, enfurecida, saqueó y quemó las oficinas públicas, asaltó la casa del teniente policial, liberó a todos los presos y casi ahorca a una autoridad en plena plaza, dejando sin ley a Tupiza durante un mes.

Entonces, la presencia militar, hasta aquel momento inexistente, arribó en forma de un regimiento completo, trasladado desde el lejano poblado de Mojo. Apenas llegada, hizo gala de toda su prepotencia, impuso un toque de queda y comenzó a adueñarse de la cotidianeidad de la zona. En el aire enrarecido se extrañaba la libertad y pronto un sentimiento antimilitar comenzó a germinar entre los pobladores, regado por el abuso de los primeros tenientes que llegaron, pues no pagaban los alquileres de las casas que rentaban y golpeaban a todo aquel que los criticara o enfrentara.

Algunos años después, el gobierno dictatorial decidió conceder más peso al uniforme en Tupiza, creando la Décima División del Ejército. El propósito era mejorar el control de las zonas fronterizas con Chile y Argentina, y los militares construyeron un gran centro para albergar a varios regimientos. La lógica del pueblo cambió tras la llegada de tantas botas: se extinguieron las serenatas nocturnas y creció el miedo a las detenciones, comunes en otras ciudades del país. Las canciones de protesta comenzaron a censurarse y, en cambio, las poéticas zambas retornaron al repertorio musical. Durante aquel tiempo, la mayor parte de los integrantes del grupo “Iquique” abandonó la ciudad en busca de educación universitaria; su éxodo se repartió entre las ciudades de La Paz y Sucre, distantes y diferentes entre sí.

En 1980, a modo de inauguración de las nuevas instalaciones castrenses, la dictadura de Luis García Meza organizó la captura de los denominados “elementos subversivos”, imagino que con el objetivo de sentar presencia, ratificando que los militares detentaban el poder y el control total. En el afán de imponer su orden, embestían en contra de todo lo que pareciera “desestabilizador”: forma poco elegante de nombrar a cualquier librepensador, sobre todo si éste profesaba la tendencia izquierdista.

Por consiguiente, César se convirtió en objetivo idóneo de captura: era un ateo trotskista que impulsaba la cultura y, además, homosexual. Se trataba de una persona completamente opuesta a cualquier pensamiento militar y, por tanto, a contracorriente de la gente acostumbrada a despertar a las cinco de la mañana para correr gritando e insultando, que solo lee aburridos manuales de conducta u órdenes superiores que deben cumplirse.

Cuando lo capturaron, considerándolo un estorbo a la vez político y moral, se ensañaron con él. Al momento de apresarlo destruyeron todas sus pertenencias: libros, recuerdos y música. Luego, lo golpearon, torturaron y violaron hasta perder el aliento. Lo mantenían amarrado durante horas y lo bañaban en un pozo séptico. Lo dejaron vivo simplemente para dejar en claro quiénes mandaban ahora en el pueblo: había que sentar el ejemplo y, en la cabeza de los dictadores, la letra entra con sangre.

Los pupilos más cercanos de César se salvaron de tales palizas porque fueron advertidos oportunamente. El caso más llamativo fue el de José Antonio, quien, ya en la ciudad de Sucre y siguiendo las enseñanzas de su maestro, alentaba con su guitarra y canto una huelga de hambre estudiantil. En esa ocasión, su vecino, un coronel de Policía, le dijo: “mejor se van porque tienen fotos de ustedes y los van a detener en cualquier momento, créeme que no van a tener oportunidad de nada”.

La advertencia se convirtió en sudor frío y, dejando la guitarra atrás, escapó hacia su pago esa misma noche. Apenas llegó, creyendo que se encontraba en un lugar seguro, recibió la visita de un primo, teniente, quien le recomendó: “Mejor es que te vayas de acá porque te tienen fichado, vas a aparecer en la calle, te detienen y te mandan al otro mundo; a tu maestro lo han detenido ayer”. Gracias a ese soplo, su estancia en Tupiza duró menos de dos horas y, disfrazado de soldado, pudo fugar hasta la ciudad de Jujuy en la vecina Argentina, donde se quedaría durante algunos años, buscándose la vida y recibiendo eventuales noticias de la situación en su terruño.

Después de esa barbarie perpetrada por la bota militar, otra de las muchas que decoran las oscuras páginas de la historia, las heridas de César habrán tardado semanas o meses en curar. El dolor físico pasa y rara vez se recuerda con intensidad, pero lo que se quedó fue el estigma y, por ende, la completa soledad. En el pueblo no quedaba nadie que lo defendiera ni abogara por él: se convirtió en un paria y evitarlo era casi necesario para rehuir problemas con el régimen. Dejaron vivo su cuerpo, pero lo condenaron socialmente: era un hombre solitario que habitaba una casa gigantesca en un pueblo pequeño. No le quedó otra opción que empacar sus cosas e irse a vivir con una sobrina en la ciudad de La Paz. Luego retomó el contacto con sus antiguos empleadores y, al parecer, encontró trabajo en algunas minas auríferas situadas en la lejana ciudad de Santa Cruz.

Durante la década de 1990, por casualidad, Héctor lo encontró en la plaza principal de esa ciudad oriental; se condolió al escuchar sus relatos y constatar la situación precaria en la que vivía su antiguo maestro. No dudó en ofrecerle cobijo y durante un año vivieron juntos, hasta que César decidió marcharse. Era evidente que no quería estorbar, que se sentía mal por irradiar sus pesares a quienes más quería. Poco tiempo después, volvieron a encontrarse, esta vez en un hospital donde, en cuestión de pocos días, el cuerpo de César decidió dejar de funcionar.

Ante la incertidumbre desatada por su muerte, un amigo le preguntó a Héctor qué iban a hacer. “Hay que enterrarlo pues, ¿qué vamos a hacer?”, respondió este. Como buen pupilo, se sintió responsable de organizar un rito de despedida en honor de su mentor; además, pagó un anuncio en la radio y compró un terrenito en el Cementerio Jardín del Parque Industrial. Luego, junto a algunos paisanos, organizaron el entierro. La noticia se esparció lentamente entre familiares, amigos y conocidos, quienes no dudaron en rendir homenaje a su memoria.

Recapitulando lo sucedido, pienso que César fue un personaje incómodo, pues su sola presencia desmantelaba los sólidos pilares morales de un pueblo, su curiosidad era contagiosa e inspiró a sus paisanos cuando a ellos les tocó descubrir el mundo. En un par de generaciones, su recuerdo desaparecerá por completo: será la cosecha del olvido que se encargó de cultivar durante el último tramo de su vida. Después de haberme nutrido de una infinidad de relatos suyos, trato de imaginarlo y le invento un tono de voz. Cierro los ojos para tenerlo aquí al lado, mientras escucho alguna de esas melodías que tanto le gustaban. Abro los ojos y lo descubro frente a mí. De repente, se le cae lo intelectual y le nace lo walaycho: “así es mi perra vida”, me dice, mientras sonríe y desaparece.

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