De feria en feria

Vocación y voluntad juntas y coordinadas (además de un corazón enorme y cuatro pulmones), así es Pablo Cildoz, un comiquero que jamás perdió el norte: vivir su sueño.
De feria en feria

Una vez Pablo Cildoz me invitó a su casa. No recuerdo si quedaba en Alto Sopocachi, Alto Obrajes o Alto Següencoma, solo que era alto-algo. Eso sí, quedaba muy lejos del verdadero Alto. Debajo de su cama tenía una caja de cartón que contenía sus tesoros más preciados: juguetes, libros, discos y, sobre todo, cómics. Se afanaba explicando la proveniencia de cada uno, mientras escuchábamos de fondo a una de esas ruidosas y depresivas bandas sonoras de los años noventa.

Cuando pasábamos al análisis de la obra contemporánea de la historieta nacional, Pablo hacía gala de un florido vocabulario para expresar sus opiniones: “eso es caca”, “¡qué mierda de dibujo!”, eran algunas de sus atinadas críticas a los autores de la época; pero siempre las acompañaba con una sonrisa burlona y cierto aire infantil, que concedían ternura a los insultos.

Los infortunios de la vida lo alejaron de la capital andina y, a principios de siglo, se estableció en la ciudad de Cochabamba. Invirtiendo un modesto capital, montó un puesto de venta de historietas cerca de las oficinas de correos: una caseta que, de hecho, creo que todavía existe. Sin embargo, cuando lo visité, solo me mostró libros viejos e historietas antiquísimas que parecían deshacerse al leerlas.

Con el tiempo, se dedicó al rubro de la edición y comenzó con algunos fanzines (una forma artística de nombrar las fotocopias). Lentamente, comenzó a participar en las diferentes ferias del libro que periódicamente se instalan en distintas ciudades del país. La venta era provechosa y costeaba el pasaje y la estadía, además de suministrar respetables ganancias que fueron alimentando su negocio. De pronto, los fanzines se convirtieron en un libro llamado Negro, que constituye la cúspide de la autopublicación nacional.

Su triunfo editorial sucedió junto a Álvaro Ruilova, con quien produjeron los Cuentos de Cuculis, obra que debe ser la más lograda de la historieta boliviana. Pablo entregó todo de sí como editor para que aquel proyecto funcionara y lo logró ampliamente. Lo más seguro es que no hayan ganado una fortuna (en los rubros artísticos esta palabra está casi prohibida), pero plantaron una vara muy alta, difícil de superar.

El trabajo de Pablo me hizo comprender que el papel de un editor literario no se reduce al impulso económico ni al trabajo de mercadeo para una obra, puesto que el editor acompaña el quehacer del autor y, en cierta medida, moldea el producto y define los toques finales para que este funcione. Además, la pasión de alguien como él hace que la obra se sienta como propia. Es difícil imaginar un nuevo trabajo de Álvaro sin Pablo al lado.

Ahora lo veo solamente en ferias. La última vez que nos encontramos fue, justamente, en una feria del libro celebrada en La Paz. Acudí con una amiga y Pablo me saludó con un “no habías sido tan maraco”. No sabía si pegarle o comprarle una historieta. Al final, solamente le di un abrazo y luego me marché.

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