
Cada palabra es un trauma

El otro día (como cualquier otro día lleno de aburrimiento), leí uno de esos falsos estudios que analizaba qué cosas valoraban las mujeres en los hombres dentro de las aplicaciones de citas. Fue muy sorprendente ver que el primer lugar lo ocupaba la ortografía de los galanes. Es decir, basándose en esos números, si una mujer tiene enfrente a un hermoso príncipe azul que no sabe si la palabra “oveja” se escribe con “v” o con “b”, entonces, todo el atractivo se desploma en un instante.
Fue a partir de esa tonta idea que le di mil vueltas a la importancia de la ortografía. Es decir, ¿realmente importa si escribo oveja u (o o) obeja? Si al final la otra persona entiende que se trata del mismo animal. No hay que buscar mucho para darse cuenta de que no existe otra cosa en el mundo con ese nombre. Capaz que si escribiese aveja podría generar confusión, pero eso ya me parece un error extremo. Incluso si alguien escribe ovija, entendería que se trata de ese animal lanudo que vive comiendo pasto.
Además, las palabras nunca vienen solas: el contexto siempre ordena las ideas. Usando el caso anterior, podría leer la frase “me gusta mucho la miel de aveja” o “mis calcetines son de lana de obeja" y, aunque las últimas palabras me generen un pequeño ruido mental, en el fondo habré entendido perfectamente lo que querían decir.
Hasta hace unos años, se popularizó el término “nazis de la ortografía” para referirse a esas odiosas personas que no paraban de corregir los errores de los demás, obviamente trabando el flujo de las conversaciones y mostrándose aborrecibles ante el resto de la sociedad. Probablemente un comentario tenía mucho sentido, pero si acaso tenía el más mínimo error ortográfico o de sintaxis, era descalificado de la conversación. Entiendo que la forma es importante, pero la mayor parte de las charlas no son estéticas, sino más bien prácticas. Al final, queremos comunicarnos, no deleitarnos con las palabras.
Muchas lenguas, como la española, tienen academias que las protegen como si fueran vacas sagradas. Hay que celebrar cuando se apiada de la gente y añaden un nuevo término a sus diccionarios. Pero toda esa formalidad es relativamente moderna; viendo la historia de la humanidad podría ser radical y decir que el español, junto con el francés, el italiano o el portugués, no son más que aberraciones del latín. Lo mismo pasa con los idiomas eslavos, entre los que están el ruso, el ucraniano o el polaco; ni qué decir de los germánicos. Mientras más atrás vamos, más similitudes encontramos entre las diferentes lenguas y escrituras. No existe una sola lengua actual que no le haya robado al menos un centenar de términos al griego. Y seguramente el griego es la deformación de otro idioma antiguo, y así, hasta llegar a algún cavernícola que se comunicaba con simples y efectivos mazazos.
Volviendo al castellano, no hay que ir muy lejos para darse cuenta de que la “h” o los acentos son innecesarios, que la “ñ” es resultado de la flojera de escribir “gn”. Además, la “y” y la “i” tienen el mismo sonido y, por ende, fácilmente podrían ser la misma letra, o que muchas veces la “g” y la “j” suenan igual. No hay forma de defender la ortografía del español, que tiene 27 letras, si un idioma tan cercano como el italiano ha logrado exactamente lo mismo (en términos literarios) con tan solo 21. Y seguro que, si hacemos el esfuerzo, reducimos todo a menos de 15 caracteres obteniendo la misma calidad idiomática. Pero claro, es una inutilidad pensar que se puede reformar todo de golpe, sería como rehacer el Esperanto (ese idioma universal que nadie habla).
Volviendo a la base de este ensayo, ¿qué hace que la gente sienta repugnancia ante alguien que no sabe escribir? Siendo honestos, en el mundo moderno sería imperdonable que alguna autoridad o persona levemente importante no supiera escribir correctamente. La mala ortografía es sinónimo de ignorancia, de tristeza; prácticamente da pie al ostracismo de los individuos en la sociedad. No quisiera ni pensar en qué sucedería si un presidente escribiera “vuenos dias” o “mimisterio de trasporte”. Imaginemos que la persona más importante del planeta escribiera alguna pavada como “covfefe”; seguramente los medios explotarían con notas sobre lo absurdo y le darían mil vueltas al extraño término.
Igual es raro, teniendo en cuenta que como humanidad somos recientemente letrados. Es decir, no tenemos que buscar mucho en nuestros árboles genealógicos para encontrar gente que no sabía leer ni escribir. De hecho, es muy probable que los tatarabuelos y muchos abuelos de la mayor parte de la población mundial hayan sido analfabetos. La escolarización obligatoria es relativamente reciente en la historia, e incluso ahora se celebran hitos de alfabetización en varios países como parte de las noticias.
Me fui por las ramas, entonces vuelvo a preguntarme: ¿por qué escribir incorrectamente está tan mal visto? Creo que la respuesta es que nuestro sistema educativo fue excesivamente severo. En mi infancia, por ejemplo, las reglas del español eran más importantes que los diez mandamientos escritos en piedra. Si escribía “arvol” en vez de “árbol”, me tenía que comer un golpe de la maestra, la risa de la clase, además de repetir la misma palabra cientos de veces en mi cuaderno hasta que se quedara tatuada en mi cerebro.
La escuela ha hecho que cada palabra en mi vida sea un trauma. Cada letra de cada palabra la he escrito con miedo y con angustia. Tengo terror a que mis interlocutores me vean como a un idiota, sobre todo si escribo una carta para conseguir un nuevo empleo, una aplicación a una beca, una reservación a un evento o un restaurante importante. Tengo que usar frases de la difunta realeza, despedidas formales, hablar de usted a usted, adjetivos, adverbios y pronombres que solo existen en los viejos libros para decir “quiero comer”, “voy a dormir” o “dame agua”. Escribir es un martirio. Si en este texto me he comido un punto o un signo de admiración, hará que mis colegas se burlen de mí. Si no he acentuado algo, tendré que culpar a la editora o a la imprenta o a quién sabe quién y armar una fe de erratas.
Entendí que cada palabra me transporta a un momento presiso en mi infancia, al istante en que una maestra marcó el término en mi cerebro. El lenguaje escrito es un trauma; escrivir cada palabra es un martirio. Tiemblo cuando tengo que acentuar cada cosa, mis manos se achican al elegir entre una “v” chica o una “b” grande. Tengo que pensar dies veces antes d poner una “h” a hormiga, hormigón, helado o había.
Intento (obviamente con muxo fracaso) revelarme del lenguaje, kiero aser lo kel adolfito iso, eso de escribir komo se nos kanta y que mimporta si entienden o no.si se entiende bien sino bien tambien, importa lo k uno kiere decir al final, o capas no importa o que importara… igual bien son esas frases bonitas, aunque medio bacias lo vonito es bonito nomas.nada mas.




